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Circulo cerrado

Una adivinanza. No es cínico, no tiene escrúpulos. No es irresponsable, se asume perfecto. No es amigo, es yugo. No dialoga, somete. No es autosuficiente, arrasa. No se apasiona, se atraganta asaltando la luz de los otros. No hermana, divide. No ama la vida, la amarga y destruye. No baja la cabeza ante Dios, le exige poder. ¿Qué es?

Hay gente asombrada porque Correa aparece como opositor de su propio candidato y de cómo puede hablar de traición si su gestión, en gran medida, está vestida de corrupción e irregularidades de quienes andan por ahí, envueltos en el mantel de la impunidad, bien servida en sus diez años.

Ese semejante a más de coexistir pasajeramente entre nosotros, nos debería alarmar para verificar por qué convoca simpatía de un pequeño puñado. ¿Acaso son parecidos a él? ¿Acaso le deben algo? Solo ellos lo saben. A nosotros, por nuestra parte, nos urge no olvidar que como humanos estamos aptos para contagiarnos de cualquier espesa sombra que nos inspire conductas parecidas.

El presente es este gobierno de transición que no termina de darnos la plataforma económica para salir de la crisis y la protesta constante a la justicia para que sancione a los corruptos. Correa es el pasado, puede reaparecer y, si es así, no es mala suerte nacional, así es la historia de la humanidad. Siempre hubo un Lucifer que nos invite, con canto de sirenas, a la vanidad, vacío y muerte.

Abrir bien los ojos es y será nuestra arma; tener claros los conceptos de democracia, paz y justicia, cerrar apretadamente los círculos, con una correa incluso, para depositarlos en el pasado con objetividad y aleccionados, es nuestra obligación.

Hay políticos que son capaces de contratar a un tirador para que les pegue un tiro no mortal y perpetuarse como víctimas, otros que se aniquilan por no tener a quién esclavizar, otros que enseñan ciencias políticas, otros que sin dejar de ser firmes se convierten a la humildad. ¿Quiénes serán nuestras opciones para un país mejor?