Churchill, nuestro contemporaneo

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Churchill, nuestro contemporaneo

La figura de Churchill parece ponerse de moda en este tiempo confuso que no entendemos. No solo se trata de la magnífica película de Joe Wright, Las horas más oscuras, con la soberbia actuación de Gary Oldman y el equipo de maquillaje y peinado de Kazuhiro Tsuji. Hasta el momento Oldman parece ser ganador del Óscar como mejor actor protagónico de la Academia de Hollywood para este año. Pero también está la película de Jonathan Teplitzky, Churchill, con Brian Cox en el papel del primer ministro. Ambas películas recogen momentos cruciales de la vida del político, historiador y escritor inglés. La de Wright, en los días en que Gran Bretaña a los comienzos de la II Guerra Mundial, en 1940, se fue quedando sola frente a la Alemania nazi que iba de victoria en victoria, arrollando a todos los países que consideraba necesarios para su expansión mundial. La de Teplitzky, las cuarenta y ocho horas anteriores al desembarco del 6 de junio de 1944 en Normandía, en que Churchill se muestra en desacuerdo con el plan de invasión de Einsenhower.

En Las horas más oscuras, Churchill ha llegado a la cima de la sabiduría que le es concedida a los mortales transcurrida buena parte de su vida: no hacerse demasiadas ilusiones sobre la condición humana. Por eso puede ser piadoso y sentir el sufrimiento de los demás. Así se explica que pese a los informes que recibe sobre el desmoronamiento fulminante del frente occidental, se atreva a declarar en público que los franceses conservan buena parte de su poderío para los combates que se avecinan. No se puede hundir de golpe la moral de las personas inundándolas de malas noticias. Como en el Libro de la Sabiduría, habrá tiempo para sufrir y para tener desesperanza pero también tiempo para crecer y para fortalecerse. Cuando llegue el momento, hablará de “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”.

Churchill duda y pregunta a la gente por la ruta a seguir. No es el líder solitario que avanza mientras los demás lo siguen. Y que puede engañarse escuchando a los “equilibrados”, como Chamberlain o Halifax, que no dudan.