China: decada de cambios economicos

Para Occidente, 2008 fue el inicio de un difícil período de crisis, recesión y recuperación desigual. Para China también fue un importante punto de inflexión, pero seguido por una década de veloz avance que pocos hubieran predicho. Por supuesto, el derrumbe del banco de inversión estadounidense Lehman Brothers y la consiguiente crisis financiera global preocuparon mucho a la dirigencia china. Y a esa inquietud se sumaron desastres naturales. Al principio pareció que los temores de China se hacían realidad. Pero las autoridades chinas no se apartaron de su plan a largo plazo de revisar el modelo de crecimiento del país, pasando del énfasis en las exportaciones al consumo interno. La crisis económica global sirvió para fortalecer ese compromiso, al resaltar los riesgos que suponía la dependencia china de la demanda extranjera. Y el compromiso rindió frutos. En la última década, muchos millones de chinos se integraron a la clase media, que ahora incluye entre 200 y 300 millones de personas; un grupo con un patrimonio neto promedio de $139 .000 per cápita y un poder adquisitivo total que tal vez supere los $28 billones, contra $16,8 billones en EE. UU. y 9,7 billones en Japón. Para las autoridades chinas, fomentar la aparición de una clase media tan formidable fue una oportunidad estratégica crucial. Luego de 2008, los imperativos estratégicos de China pasaron a ser reducir el riesgo del endeudamiento y fomentar la demanda agregada, a la par de un inmenso estímulo económico para alentar el consumo y la inversión internos y así disminuir la vulnerabilidad de China a perturbaciones externas. China hizo inversiones a gran escala en infraestructura, como la construcción de casi 30.000 km de vías férreas de alta velocidad. El aumento de conectividad (el año pasado esa red ferroviaria transportó casi dos mil millones de pasajeros) profundizó los vínculos económicos regionales, impulsó la urbanización y mejoró sustancialmente el consumo. Gracias a estas iniciativas (más fusiones y adquisiciones de empresas para obtener tecnologías clave y lucrativas inversiones en infraestructura en economías desarrolladas), entre 2008 y 2018 el tamaño de la economía china casi se triplicó, con un PIB que llegó a 90 billones de yuanes ($13,6 billones). En 2008 el PIB de China era 50 % menor al de Japón; en 2016, era 2,3 veces mayor. El proceso no estuvo exento de dificultades. Los precios de la tierra y de la vivienda se dispararon; el encarecimiento de las propiedades urbanas fue tan veloz que muchos temieron una burbuja. A esto hay que sumar los riesgos derivados de la expansión del crédito. Pero en términos generales, las políticas expansivas sostuvieron el veloz surgimiento de China como potencia económica global. Sin embargo, hay un aspecto crucial de este modelo de crecimiento que no fue planificado ni producido con políticas industriales por la dirigencia china: la aparición de industrias innovadoras orientadas al consumo que apenas existían en 2008 y que son un motor cada vez más importante de la economía china actual. El resultado ha sido un cambio fundamental en la composición estructural de la economía china. Pero en vez de analizar este cambio (que no se refleja en las medidas tradicionales del PIB) muchos economistas se concentraron en encontrarle defectos a la historia de crecimiento de China. Estas críticas no sirven de nada. En el transcurso de la última década, la economía china experimentó un cambio amplio, inédito y radical; sería mucho mejor para el mundo tratar de entenderlo que intentar disminuir los logros del país.