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Chamos expiatorios

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Somos lo que somos en los momentos de prueba. Solo allí nuestras presuntas convicciones democráticas, cristianas, o humanas se vuelven acero. O paja.

¿Cuáles son las nuestras cuando tras el feminicidio de una mujer embarazada en Ibarra decidimos estigmatizar también a los coterráneos del infame asesino? Algunos, quizá muchos, compensamos la indignación por el crimen alargando la culpa en sus compatriotas, fugados de un país donde gobiernan dictadores.

Siguiendo las Escrituras, los hebreos sacrificaban un becerro en honor de Jehová, para expiar sus culpas. Paradójicamente, los judíos sufrirían en carne propia una indecible persecución. “Asesinos de Cristo” los llamaron por siglos hasta que Hitler legalizó el horror; media Europa los persiguió y la restante miraba para otro lado mientras se consumaba el Holocausto. Hoy un nuevo fascismo recorre el Viejo Continente y se riega por Asia o América. Y ha elegido un chivo para el ritual: los migrantes.

Líderes como Duterte en Filipinas, Salvini en Italia, o Le Pen en Francia se amalgaman con Trump en EE. UU. y Bolsonaro en Brasil para condenarlos. Pero no solo ellos: cuando somos los mexicanos a los que ya les apestan los salvadoreños de la Gran Caravana, o los brasileños discriminando a sus propios negros, o los ecuatorianos persiguiendo venezolanos alentados por un presidente cuántico y dizque amoroso, nos parecemos a los Trump del planeta: expiamos nuestras culpas, o castigamos las de otros, sacrificando inocentes.

¿Son todos los venezolanos como el criminal que se llevó a Diana y su hijo? ¿Acaso nuestros 500 mil compatriotas en España son como el ecuatoriano que agredió a su mujer hasta matarla en Murcia en el 2003? ¿O como el joven ecuatoriano que apuñaló a su novia, quinceañera y española, en el 2013 en Madrid? ¿O como el ecuatoriano que mató en Tarragona a su esposa ibérica en presencia de su hija de 5 años? Que yo sepa, ni Murcia, ni Madrid, ni Tarragona reaccionaron como Ibarra.

A la barbarie del asesino respondemos con otra, parecida y multiplicada. Usamos chamos expiatorios para mostrar nuestro retorcido sentido de justicia.

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