El capitalismo reverdece en Corea del Norte

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El capitalismo reverdece en Corea del Norte

En el ambiente se palpa una mejora económica que hasta hace cinco años era aún casi inexistente, fruto de un crecimiento que el Banco Central surcoreano calcula entre un 1 y un 5 % anual.

Infraestructura. Soldados marchan por la calle Ryomyong luego de una ceremonia de inauguración de un nuevo proyecto de desarrollo residencial, el pasado día 13 en Pionyang.

Las diminutas crías en la Piscifactoría de Siluro de Pionyang se abalanzan voraces sobre el alimento que acaba de echar al agua una de las cuidadoras. En cada uno de los tanques -una veintena- se agolpan miles de alevines. “Hemos aumentado la producción de 2.000 a las 2.500 toneladas”, alardea uno de los directivos de la compañía, Hong Sun-kwon, en unas instalaciones recién renovadas. Está orgulloso de su trabajo: esta fábrica, asegura, es un ejemplo del desarrollo económico de su país “siguiendo las instrucciones de nuestro brillante camarada Kim Jong-un”. Las sanciones internacionales -afirma, repitiendo lo que el régimen de Corea del Norte sostiene una y otra vez- “no nos afectan”.

Es cierto que Pionyang está cambiando a ojos vistas. En el ambiente se palpa una mejora económica que hasta hace cinco años era aún casi inexistente, fruto de un crecimiento que el Banco Central surcoreano calcula entre un 1 y un 5 % anual.

Se han multiplicado los restaurantes, muchos con unos letreros de neón impensables hasta hace bien poco y con una notable variedad de oferta: menús coreanos, italianos, japoneses o incluso, como pudo constatar esta corresponsal, vino español en tetrabrik; los tétricos almacenes de años atrás, con escasos productos a la venta y ocultos tras cristales esmerilados, se están reconvirtiendo rápidamente en comercios con una gama relativamente amplia de productos, casi todos locales o importados de China. Los puestos callejeros ofrecen patatas fritas, manzanas y pastelillos. Los nuevos centros comerciales, pantallas de plasma y bolsos de diseño.

En las calles del centro, casi completamente a oscuras dos años atrás, lucen ahora farolas. Hay mucha mayor variedad en los trajes y los peinados; abundan las ofertas de ocio en megacentros recién estrenados, una de las prioridades de Kim Jong-il que su hijo, Kim Jong-un, ha continuado desarrollando con entusiasmo: parques acuáticos, un zoológico, cruceros por el río, cines... El centro se ha convertido en un mar de grúas: al menos en las zonas en las que se permite el acceso a los periodistas extranjeros, no parece haber calle en la que no se construya un nuevo edificio de múltiples pisos. Una novedad sintomática: ahora los dos o tres primeros niveles de cada bloque se destinan sistemáticamente a comercios.

Con este alarde de prosperidad, el régimen de Kim Jong-un quiere enviar el mensaje de que no le importan las sanciones contra su programa de armamento, endurecidas tras las pruebas nucleares y de misiles del año pasado.

Ya hacía hincapié en ello el primer ministro, Park Pong-ju, cuando a mediados de este mes el líder supremo inauguró una nueva avenida, Ryomyong, una espectacular amalgama futurista de edificios de viviendas, uno de ellos de 70 pisos.

En 2016, Kim Jong-un dio, con la aprobación a un nuevo plan quinquenal, el espaldarazo definitivo a la política que el régimen ya había ido adoptando: byungjin, o el desarrollo simultáneo de la economía y de su programa de armamento. Se da libertad a las empresas para buscar clientes y proveedores, y a los agricultores, disponer de sus excedentes.

Es, según ha escrito el profesor de la Universidad Kookmin Andrei Lankov en el portal especializado NK News, un proceso de reformas “notablemente similares a las adoptadas por China a comienzos de los 80”.

¿De dónde sale este dinero? Principalmente de las exportaciones de carbón, mayoritariamente a China (aunque este país ha anunciado un embargo a esas compras); de la mano de obra barata que se exporta al exterior, en condiciones de esclavitud según han denunciado las organizaciones internacionales; y de una modesta economía informal, ilegal sobre el papel, pero tolerada por el régimen. Tolerada por su importancia para la supervivencia y porque, en muchos casos, son las propias élites quienes la practican.

Los residentes extranjeros en Pionyang hablan de un aumento de los cortes de luz este invierno. El suministro de gasolina, afirman, también parece más dificultoso este año.

Y, por supuesto, esta capital de tres millones de habitantes es solo una burbuja en un país de casi 25 millones. Fuera de esta ciudad, afirman quienes han podido desplazarse, el panorama es muy diferente. En el campo “las condiciones son terribles, africanas”, comenta alguno. Según la ONU, cerca de 18 millones de personas se encuentran en situación precaria.

Poco a poco, los residentes de Pionyang están desarrollando un gusto por la economía de consumo a la que, una vez que se disfruta, puede ser muy difícil renunciar. Y a la que muchos ya se han acostumbrado sin darse cuenta.

Voleibol en una base nuclear norcoreana

Analistas dedicados a monitorear lo que sucede en Corea del Norte han detectado una actividad inusual en un lugar recluido del país donde se desarrollan pruebas nucleares. Los trabajadores estaban jugando al voleibol.

El grupo de monitoreo 38 North afirmó que en unas imágenes de satélite capturadas aparecía personal del cuartel de guardia y de otras dos áreas de la zona de pruebas Punggye-ri practicando ese deporte, muy popular en Corea del Norte.

“Lo que sugiere que la instalación podría estar en modo de espera”, dijo Joseph Bermúdez, un experto en Corea del Norte y analista del 38 North, con sede en Washington. “También sugiere que los norcoreanos estaban practicando ese juego sabiendo que los veríamos e informaríamos sobre esto. Además, nos están enviando un mensaje de que están poniendo las instalaciones en estado de espera o están tratando de engañarnos”.