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El calvario del peaton
En algunas zonas regeneradas, por ejemplo, las veredas son anchas y los peatones tienen la libertad de circular sin obstáculos en el camino o con pasos cebra bien identificados.

Recorrer la ciudad a pie puede generar distintos sentimientos. En algunas zonas regeneradas, por ejemplo, las veredas son anchas y los peatones tienen la libertad de circular sin obstáculos en el camino o con pasos cebra bien identificados.
Esa situación puede cambiar cuando al caminar por otros sectores las personas deben luchar con veredas angostas, postes mal ubicados o aceras desiguales, así como lo evidenció EXPRESO en un reportaje publicado ayer.
“El ancho de la acera depende del ancho de la vía, el volumen de peatones y el uso de suelo del lugar”, una norma que, según la urbanista Lisbeth Mena, no se cumple en varios puntos de la ciudad.
Una opinión que es cuestionada por el Cabildo. Jorge Rodríguez, su vocero, explica que “todas las calles fueron estructuradas con herramientas técnicas de carácter internacional, pero hay casos excepcionales, como la Delta, que pueden ser analizados”.
Este Diario recorrió cuatro ciudadelas para conocer lo que opinan los moradores sobre el espacio peatonal de Guayaquil.
Aceras desniveladas
“Es un suplicio caminar en la Kennedy”
n El martirio es constante. Para la madre de Cecilia Valdiviezo, de ochenta y tantos años, es un suplicio caminar por la ciudadela Nueva Kennedy (tercer callejón 11B NO), donde recibe a diario terapias psicomotoras. Los postes de alumbrado obstaculizan al peatón y las aceras son angostas, tienen los bordillos altos o están desniveladas, dice.
“Mi mamá se moviliza en un andador. Que los bordillos estén desnivelados, que uno esté más elevado que otro, es realmente inseguro”. Varias veces ha estado a punto de caerse, dice.
Hay peldaños y hasta escaleras entre distintos tramos de la acera de una misma cuadra. También huecos y fierros, carros mal aparcados. “Que uno pueda transitar por aquí, en donde habitan madres que quieren pasear a sus niños en coches o chicos minusválidos, es por lo tanto una hazaña”.
Otros transeúntes opinan igual. Laura Castillo, de 76 años, a la altura del sexto pasaje 9 NO y la calle Benito Juárez (en el mismo sector), en febrero se cayó. Se torció el pie en una leve inclinación. “Salir a la tienda, a comprar el pan, ir al banco o a un doctor”, dice la mujer, que se moviliza en un bastón, “es una tortura”.
Pasos cebra inexistentes
“Somos invisibles a los ojos del conductor”
Para Daniel Galarza, guayaquileño de casi 35 años, la falta de pasos cebra o el hecho de que estos sean invisibles a sus ojos (que estén descuidados, sin pintar) afecta considerablemente su vida. En más de una ocasión, relata, ha tenido que zigzaguear a los vehículos para evitar ser atropellado.
“En ciertas zonas de la Kennedy o Urdesa están despintados, entonces los conductores pasan a velocidades altas sin tomarnos en cuenta”. En Guayaquil los peatones quedan en segundo plano. Los choferes (de vehículos particulares, taxis o buses) solo pitan, agrega, esperando que los transeúntes se asusten. Ayer por ejemplo a Galarza nadie le dio el paso en la Víctor Emilio Estrada y Guayacanes. “He demorado casi siete minutos en cruzar una avenida de no más de tres metros. No se ve el paso cebra. Por lo tanto, no existimos”, dijo.
En la calle Los Mangos en El Paraíso los residentes experimentan lo mismo cada que vez que intentan cruzar a Miraflores. “No tenemos paso cebra, un semáforo, nada. El 70 % de vecinos son de la tercera edad, usan andadores, sillas de ruedas. Y aun así a nadie le importa. Nadie los deja pasar”, se queja Kevim González, residente.
Falta de semáforos
“No piensan en los que no tenemos carro”
“Esperar y esperar. Llenarte de coraje, esperar”. Es lo que Manuel Roldós, guayaquileño de 28 años, hace todos los días, entre las 07:00 y las 08:00, en el redondel de Las Monjas, cerca de la distribuidora Bosh. La pugna por llegar hasta la vereda de al frente, donde trabaja, lo obliga a arriesgar su vida.
“Ningún carro es capaz de parar y rara vez hay vigilantes. Me ha tocado esperar más de 10 minutos para cruzar. Por eso me lanzo entre los carros, es la única forma de llegar”. Es desesperante, sostiene.
Una situación parecida es la que vive Jaqueline Centeno, habitante de la decimotercera etapa de la Alborada. Su casa está a pocas cuadras del Riocentro Norte y cada vez que desea ir al centro comercial, debe cruzar con la esperanza de que ningún conductor la vaya a atropellar. “Es muy peligroso, al menos cuando uno anda con niños. Hay mamás que andan con coches. No es posible que frente a un centro comercial no haya un paso o un semáforo para peatones. No piensan en los que no tenemos carro”.
Pasos Peatonales no Inclusivos
“Todos los pasos deben tener rampas”
Caminar por la ciudad es de por sí un problema para David Arboleda, de 28 años, quien desde hace 9 años quedó ciego luego de una operación. Pero su situación empeora, asegura, cuando debe obligadamente subir un puente peatonal para ingresar a una estación de la Metrovía.
“Es paradójico como uno de los pasos más complicados de cruzar es el que está frente a la terminal. Ahí hay rampa, pero todos prefieren utilizar esa vía y se llena. Así que cuando voy apurado me toca subir por las escaleras y ahí hay huecos que separan cada escalón”, indica Arboleda.
El joven explica a EXPRESO que ya se ha “acostumbrado” a caminar por Guayaquil, pero que preferiría no subir los pasos peatonales.
“En El Paraíso, por ejemplo, es complicado subir cuando salen los estudiantes. Hay vendedores ambulantes con sus puestos y eso da poco espacio para sacar el bastón. Y no solo para nosotros los ciegos es complicado, sino para madres embarazadas, ancianos, etc. Todos los pasos deberían tener rampas, no solo unos pocos”.