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Blindar un modelo de desarrollo urbano
Desde 1992 se inició un período de continuidad político-administrativa en la historia urbana e institucional de la ciudad y de su municipalidad, que dura hasta la actualidad. Dos líderes del mismo partido, pero con características propias y diferentes, han dirigido la urbe durante más de un cuarto de siglo. Un récord, ya que anteriormente, desde 1880 a 1991, la duración promedio de un alcalde o presidente del Concejo Cantonal había sido de 11 meses. Además, este largo ejercicio del gobierno local ha construido un modelo de gestión urbano explícito, que se ha ido edificando paulatinamente.
Tal modelo de gestión del desarrollo urbano se ha dado en una formación social local concreta, como Guayaquil, con influencias regionales, que ha debido atravesar coyunturas políticas diversas, las cuales han determinado sus perspectivas urbanas y territoriales y el accionar edilicio; y también, sus logros y errores, más allá de intitularse el “dueño del país” o “asumir una gestión con un partido político en descenso y encerrado cantonalmente”. Este modelo de gestión asume la opción “empresarial” frente a las otras iniciativas existentes, tanto académica como institucionalmente, para el manejo administrativo integral de la polis en el escenario nacional, ya que está basado en la concesión de varios de los servicios públicos, gerenciamiento municipal con base en cuadros empresariales “prestados” por la empresa privada, y verticalismo y mercantilización de todas las actividades y servicios municipales. Incluso, el modelo se ha reproducido en ciudades como Machala, Samborondón, Daule, Manta, etc.
La ciudad es un ente dinámico y complejo, histórico y cambiante, que no puede ser cosificado en sus perspectivas de desarrollo, peor en su gestión, lo que hace necesario que los planteamientos del articulista Dahik deban ser revisados, porque hay una confusión entre gestión edilicia y manejo económico; este es una parte del primero. La política es más maleable por lo que exige más ciudadanización, léase participación real y efectiva, que las élites no quieren negociar, y dar derecho a la ciudad sin exclusión.