La batalla de los relatos

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La batalla de los relatos

Desde los comienzos de octubre de este año, comenzando por Ecuador y terminando por el momento en Colombia, pasando por Chile y Bolivia, el escenario político sudamericano se ha vuelto violento. Marchas que terminan en batallas campales en las principales ciudades del país; destrucciones de la propiedad pública y privada; presencia de grupos de delincuentes comunes que asaltan a honrados ciudadanos o desmantelan viviendas o negocios; cierre de calles y caminos que impiden la movilización ciudadana; cierre de tiendas o lugares de trabajo con su cuota de desempleo; heridos y muertos, son el nuevo rostro de ciudades que meses atrás aparecían sumidas en la rutina de la vida cotidiana. Ningún ciudadano ha podido escaparse de esta violencia o de la inseguridad que se genera refugiándose en la cómoda burbuja de su profesión o de su oficio. No basta decir “eso no me importa”, cuando está en juego la vida, la subsistencia o la libertad.

Como señalaba hace pocos días un editorial de diario El Mercurio de Chile, la valoración de los actos de violencia que se cometieron y se siguen cometiendo en ese país como antes en Ecuador y luego en Bolivia, son mirados desde dos relatos diferentes. El ciudadano que es vejado porque se le impide el libre tránsito, se destruyen sus bienes o se pone en peligro su vida es menos importante que el manifestante que sufre las consecuencias de la violencia que desencadena. Pasadas las destrucciones como las que se produjeron en Quito y en otras ciudades, lo que acapara la atención son los “excesos” de las fuerzas policiales o militares pero no los daños que sufrieron personas inocentes como el periodista Freddy Paredes de Teleamazonas, quien simplemente cumplía con su oficio de informar.

Nadie responde por las destrucciones cometidas, las pérdidas millonarias o la violencia desencadenada. Es parte del relato del bien contra el mal que justifica la violencia contra “el orden establecido”. En cambio, el relato del ciudadano común y corriente, que ha sido vejado, no aparece, salvo honrosísimas excepciones, en ninguna parte.