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Como ayudar a Medio Oriente
Hoy todos los síntomas de la conmoción de Medio Oriente son visibles en Líbano. Los nuevos refugiados llegados de Siria e Irak se suman a los viejos refugiados palestinos. El país lleva dos años sin presidente, mientras una lucha de facciones políticas rivales (reflejo de la creciente enemistad entre sus valedores iraníes y sauditas) debilita la gobernanza local. La corrupción política es rampante. Algunos días la basura queda en las calles sin que nadie la recoja. Pero Líbano también muestra signos de resiliencia. Inversores y emprendedores asumen riesgos para crear nuevas empresas. Asociaciones civiles proponen e implementan iniciativas útiles. Los refugiados van a la escuela. Adversarios políticos colaboran para minimizar las amenazas a la seguridad, y líderes religiosos promueven la coexistencia y la tolerancia. Esto se debe mucho al recuerdo de su penosa guerra civil (1975-1990). En el resto de la región, en cambio, las experiencias del pasado (con una larga historia de gobiernos autocráticos y tensiones en gestación desatendidas) atizaron las llamas del conflicto. Siria, Irak y Yemen están divididos por la guerra. En las calles árabes y musulmanas se vive como afrenta permanente el sufrimiento creciente de los palestinos. Se multiplican nuevos grupos radicales con agendas transnacionales. Los últimos dos años, los conflictos trascendieron las fronteras nacionales y comenzaron a amenazar la seguridad mundial. Estado Islámico aprovechó las viejas frustraciones de la población sunita para poner en entredicho la integridad territorial de Irak y Siria, lo que creó un vacío estratégico en el que Rusia, Irán, EE. UU., Turquía y Arabia Saudita compiten por el poder, cada vez más mediante la intervención militar directa. Para entender el rumbo de Medio Oriente, hay que retroceder en la historia y analizar cómo la región llegó donde está hoy. La derrota de los países árabes en la guerra de 1967 contra Israel y el derrumbe de precios del petróleo en 1986 iniciaron la desintegración del nacionalismo árabe y sus aspiraciones de modernización. En respuesta, los gobiernos apelaron a la represión para mantener el control, y agitaron el miedo a los partidos opositores islamistas para evitar reformas políticas. Las economías, debilitadas por el favoritismo, no consiguieron producir crecimiento suficiente, y los gobiernos perdieron legitimidad. La imposibilidad de sostener esta estrategia llevó en 2011 a la caída de los regímenes que la aplicaron. La falta de instituciones que garantizaran una transición política pacífica puso en ventaja a los grupos violentos sobre la ciudadanía ordinaria, y se desató una feroz lucha por el poder. Hoy las encuestas de opinión indican que la inmensa mayoría de la gente en Medio Oriente quiere ser gobernada por Estados legítimos, que sostengan el imperio de la ley, protejan los derechos civiles y promuevan la coexistencia de las comunidades. Esto demandará concesiones y reconciliaciones a nivel global, regional y nacional. La meta debe ser llegar a un megaacuerdo que tenga en cuenta los grandes problemas que dividen a la región, entre ellos el estatus de palestinos y kurdos, y cree condiciones para una salida política viable en Siria e Irak. Todos deben estar dispuestos a hacer concesiones, a ejemplo de los libaneses. Una guerra con vencedores y vencidos no termina nunca.
Project Syndicate