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Aumentan los “coleros”

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Esto de plagiarse a sí mismo (algo así como meterse un “autogol” en fútbol) felizmente no es un delito, ya que no le robamos la propiedad intelectual al prójimo. Y a lo más provocaría un cargo de conciencia para un columnista que no puede quejarse de falta de temas, que los hay y en abundancia, puesto que el país y el mundo están llenos de problemas. Sin embargo, volver sobre lo mismo debe ser el resultado de una situación que cada vez resulta más evidente y hasta más preocupante. Y entonces, hay que regresar la vista a lo mismo, para que no digan que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

En un artículo pasado de esta misma columna señalé que cuando las “colas” se producían, no precisamente por esa disciplina que nos ordena sino por esa abundancia que nos amontona, es porque hay necesidades graves y apremiantes que se trata de resolver a la primera oportunidad. Y nos referíamos aquella vez a las largas “colas” que se formaron el año pasado para la “leva” correspondiente, mediante la cual los cuarteles se llenaban de conscriptos que debían cumplir el año de instrucción militar (no un “picnic”). En mis épocas juveniles la mayoría de estos jóvenes de 19 años trataban de pasar desapercibidos y eran pocos, muy pocos, los que voluntariamente asistían a enrolarse. Había, pues, que buscarlos por calles y plazas para obligarlos a cumplir con la patria. Ahora, en cambio, dado el número de jóvenes que hacen hasta tres días de colas, hay que escoger entre los más aptos y rechazar a un buen número que se queda un año sin que el Estado les pague su manutención, con casa, ropa (uniforme, por supuesto) y comida.

Lo mismo ocurrió cuando la Policía quería llenar cientos de vacantes para su gendarmería. La cantidad de aspirantes casi duplicó el número requerido por los también llamados “chapitas”. Y a lo mejor eso podría suceder si a la Iglesia católica se le ocurre hacer una convocatoria para conseguir más sacerdotes. Y esto ocurriría en una ciudad en donde, casi por tradición, a nadie le ha gustado ser policía, milico, zapatero, cura o sacristán. Excepcionales son los generales y aun los purpurados, de los cuales La Perla no ha tenido más que un obispo guayaco desde el siglo XIX, nada menos.

cazonf@granasa.com.ec

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