Amar al pais

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Amar al pais

Cuando se habla del amor que se tiene por el país, no solo se piensa en el afecto de sus amados ni en las nostalgias de sus muertos; se piensa también, en la tierra, en la calle, en las oficinas, en las aulas, en los buenos negocios, en el taller, en el mercado, en el buen litigio, en el trabajo ganado, en el empleo generado por una buena idea, en lo que esa persona aprendió y nos enseña, en esa dinámica que se genera cuando nos entrelazamos con otros en alcanzar nuestros propósitos, en hacer de nuestras vidas mejores existencias. Tomar conciencia de amar al país empieza con un profundo sentimiento de gratitud a todas las personas que enredamos para ser felices.

Muchas son las definiciones de éxito. Hay personas que dicen sentirse exitosas por tener acceso a bienes, servicios, prosperidad, fama. Otras dicen experimentar paz, tener conciencia tranquila, amor, familia y que es eso exactamente lo que les provoca sentir que han alcanzado la felicidad en la vida.

La prosperidad de ciertos empresarios y el liderazgo político son niveles a los que se llega por la fidelidad y entrega de determinadas personas que colaboraron con el éxito que han adquirido sus jefes, entregándoles su trabajo, su esfuerzo, su tiempo extra, incluso, a veces, su salud.

No hay una persona poderosa que no tenga sacrificados en su cuenta. Por eso creo que aquel que está más próspero, sea cual fuese el concepto de éxito que tenga, debe de guiar al otro, enseñarle, ilustrarlo, hacerle buenas propuestas, devolverle la ayuda.

Desde esa perspectiva, me resulta difícil entender cómo ofrecen al pueblo aquellos candidatos sin la formación especializada que requiere el cargo que postulan. Duele ver cómo le lanzan más circo a “su gente”, en lugar de invertir en capacitar, en enseñarles, a crecer. El amor no es chiste, ni cursilería, se ama o no se ama. Más serio si hablamos de país. Penosamente, muchos van despreciando la seriedad del amor al Ecuador, prefieren luchar por el poder de manipular a la gente a su antojo y placer.

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