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Agua para Oriente Medio

el Programa Mundial de Evaluación de los Recursos Hídricos de las Naciones Unidas confirma lo que muchos ya sabían: cientos de miles de personas en la región de Medio Oriente y África del Norte (MENA) -especialmente Argelia, Jordania, Libia, Marruecos, Palestina, Sudán, Siria y Yemen- han enfrentado en 2016 las peores sequías desde hace décadas. Diversos factores han contribuido a la situación actual: cambio climático, desertificación, contaminación del agua y uso inapropiado de los recursos naturales. La información, la educación y la comunicación incorrectas exacerban muchos de estos desafíos, ya que refuerzan la falta de conciencia sobre -ni qué decir de la falta de compromiso con- las prácticas favorables al medioambiente. Sumemos a eso una inadecuada reducción y gestión de los riesgos de desastres por parte de los gobiernos -muchos de los cuales deben ocuparse de otros conflictos y crisis- y la situación se torna verdaderamente desesperada. En épocas de escasez, son los refugiados quienes tienen más probabilidades de verse expuestos. La provisión de agua en muchos campos de refugiados, tanto en Jordania como en Líbano, se ha reducido a un mínimo, una decisión que afecta a millones de personas que ya sufren temperaturas infernales. Entre las tareas necesarias se encuentra la capacitación de los granjeros y la introducción de herramientas de irrigación más eficientes para reducir la dependencia de los granjeros de las precipitaciones. Algunos países -a saber, Marruecos y Jordania- ya han dado algunos pasos importantes en esta dirección. El Gobierno marroquí, en especial, ha implementado esfuerzos sustanciales para desarrollar sus recursos hídricos, incluso mediante la construcción de represas. Sin embargo, aún queda mucho por hacer. La buena noticia es que el Banco Asiático de Desarrollo aprobó recientemente un crédito de más de 88 millones de EUR (98,7 millones de USD) para financiar un proyecto orientado a la mejora de la calidad de la distribución del agua. Esto apunta a que ningún país puede lograrlo por sí solo, la cooperación regional internacional es tremendamente necesaria.
Los países de MENA deben apoyarse entre sí para implementar programas basados en lo que ya ha funcionado en otros lugares y se debe asignar una inversión adicional -con financiamiento interno e internacional- a la reparación de la envejecida infraestructura hídrica y a nuevos proyectos, como represas y embalses de agua bien diseñados. Y se deben hacer esfuerzos mayores para salvaguardar los recursos hídricos existentes. En esto el público tiene un importante papel, pero los ciudadanos deben primero adquirir conciencia sobre cómo usar el agua de manera más sensata y cómo protegerse contra el riesgo de desastres relacionados con el clima. Para el sector privado y las ONG, la mejora de la gestión del agua en MENA presenta una importante oportunidad para invertir en la provisión de servicios de agua y la tecnología relacionada. Pero los primeros pasos dependen de los gobiernos, si no actúan para conservar las reservas hídricas y estandarizar la oferta, las poblaciones más indefensas continuarán sufriendo, lo que fácilmente puede llevar a disturbios o a algo peor: futuras guerras. Dado que más del 80 % de las contribuciones nacionales a la lucha contra el cambio climático de los países del hemisferio sur se centra en los desafíos hídricos, ya no es posible posponer la acción coordinada de los gobiernos y actores internacionales.
Project Syndicate