La agonia sin fin del ‘brexit’

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La agonia sin fin del ‘brexit’

La agonía sin fin del ‘brexit’

La primera ministra Theresa May sobrevivió. El Partido Conservador en la Cámara de los Comunes revalidó la confianza en su liderazgo, por 200 votos contra 117. Es difícil recordar otro gobierno británico con una crisis de liderazgo tan continua. May ha comenzado otra ronda de intentos de sacarle a la dirigencia europea unas pocas concesiones más para que el acuerdo de divorcio que negoció sea un poco más aceptable para su partido. Está previsto que el RU salga del bloque el 29 de marzo de 2019. Pero la cuestión irlandesa, la política interna del Partido Conservador y la aritmética parlamentaria han hecho que el proceso del ‘brexit’ no sea sencillo. El RU y la República de Irlanda (RI) comparten una frontera terrestre que separa al segundo país (que permanecerá en la UE) de Irlanda del Norte, que es parte del RU. De modo que el ‘brexit’ dejaría a Irlanda del Norte fuera de la unión aduanera de la UE y a la RI dentro. De allí los agónicos esfuerzos de May por conseguir un acuerdo que evite la creación de una frontera “dura” con controles aduaneros. No es solo cuestión de conveniencia económica; es literalmente un asunto de vida o muerte. Cualquier endurecimiento de la frontera pondría en peligro la frágil paz alcanzada con el acuerdo. Si el esquema de gobierno compartido se viene abajo, a uno y otro lado habrá violentos listos para pasar a la acción. Para evitarlo, el plan de May estipula que el RU salga de la UE pero permanezca “temporalmente” en la unión aduanera, mientras se negocia un acuerdo de libre comercio con la UE, con un “plan de contingencia” que garantiza una frontera abierta entre Irlanda del Norte y la República Irlandesa, pase lo que pase. Por si fuera poco, el Parlamento está dividido entre pro-brexit y anti-brexit. La aritmética parlamentaria importa (pese al resultado del referendo) porque May se vio obligada a conceder que el Parlamento tuviera la última palabra sobre cualquier acuerdo que alcanzara. Esto dio a los anti-brexit una esperanza de revertir el resultado de 2016 en una segunda “votación popular”. La composición de fuerzas parlamentarias refleja la desastrosa decisión de May de llamar a elección anticipada en 2017, que le valió perder la mayoría conservadora. Y los 317 parlamentarios conservadores que quedan están divididos. El apoyo al acuerdo de May en la oposición (257 parlamentarios laboristas, 35 nacionalistas escoceses y unos pocos más) es, en el mejor caso, incierto. En tanto, los diez parlamentarios del Partido Unionista Democrático (DUP) de Irlanda del Norte (de cuyo apoyo ahora el gobierno depende) están divididos entre el deseo de libre comercio con el sur y el temor a verse arrastrados a la República de Irlanda si el resto del RU se va de la unión aduanera. El DUP ha criticado la idea de un acuerdo especial o “plan de contingencia” que permita a Irlanda del Norte permanecer en la unión aduanera a falta de un acuerdo de libre comercio entre el RU y la UE. Dadas las divisiones en su propio partido, May dependerá de los parlamentarios laboristas para conseguir la aprobación parlamentaria del acuerdo. Pero nadie sabe cómo votarán estos, y el partido tiene intereses contradictorios. s tentador decir “si el Parlamento no puede tomar una decisión, que se haga cargo el pueblo”. Pero ¿qué se le preguntaría? Convocar a una segunda votación es jugar con fuego. El odio de los pro-brexit a la UE es más intenso que el amor que le tienen los anti-brexit. Si ganaran un segundo referendo, un resentimiento pasional agriaría la política británica por años. Lo mejor es esperar que en enero el Parlamento vote y May consiga el divorcio en buenos términos que negoció.