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Diario Expreso Ecuador

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Se acostumbraron al terror de los sismos en las alturas

Los trabajadores de los edificios más altos de Guayaquil tardan 15 minutos en bajar las escaleras. Los últimos temblores reportados en la Costa los tienen en alerta.

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La primera vez que Yessenia Suárez bajó corriendo las escaleras del edificio La Previsora, en el centro de Guayaquil, luego de un sismo, le dolieron las piernas durante una semana. Quince minutos toma descender por las gradas de los 33 pisos de ese rascacielos, el segundo más alto del país, con 135 metros.

Esto es lo primero que se le viene a la mente a Yesenia, de 42 años, cada que la tierra se mueve. En cada uno de los últimos enjambres sísmicos ocurridos en la Costa solo piensa en las escaleras.

Esos 900 segundos se convierten en una eternidad para la secretaria, que labora en el piso 23. Sabe que es su obligación evacuar por allí, pero el pánico transforma cada peldaño en una montaña rusa.

Recuerda incluso, ahora entre risas, que el 18 de noviembre del año pasado, justo después de recibir las instrucciones de seguridad para iniciar un simulacro nacional de terremoto, la tierra empezó a moverse.

Efectivamente, un sismo de 6,2 sorprendió a los guayaquileños 20 minutos antes de la práctica y Yesenia, lejos de hacer lo que dice el protocolo, salió corriendo y tomó el ascensor. “Es que estaba sola”, se justifica avergonzada.

Nueve pisos más arriba trabaja Rafael Márquez, en el Bankers Club, desde hace 23 años. Confiesa que en uno de los primeros sismos que vivió en el edificio, estaba asomado en uno de los ventanales del piso 32.

“Yo sentía que caía hacia adelante y luego, el mismo movimiento me botaba hacia atrás. Esa vez sí sentí terror”, detalla el responsable de compras del club. Ahora, asegura estar acostumbrado y confía en las normas de seguridad que se toman en la edificación cada vez que hay alguna eventualidad.

También hace hincapié en las escaleras y esos 15 minutos de pánico que, irónicamente, les empuja a mantener la calma y es lo que ha hecho que hasta ahora, no se hayan presentado contratiempos en la edificación.

De hecho, relata Roberto González, jefe de seguridad del Bankers Club, el día del terremoto del 16 de abril de 2016 estaban alistando los detalles para un matrimonio que se celebraría un par de horas después de la tragedia que azotó a Manabí y Esmeraldas.

Evacuaron, verificaron que todo estuviera bien con la estructura y recibieron a los invitados con normalidad. “Fue después, como a las 10 de la noche, que nos dimos cuenta de la magnitud de lo que había ocurrido y ahí recién la gente se asustó y se empezó a ir a casa”, evoca González.

Milton Anastacio, de 50 años, le tiene más miedo al viento que a los temblores. Es albañil desde su adolescencia y su vida ha transcurrido sobre andamios o colgado de arneses.

Desde inicios de 2018, trabaja en el reforzamiento estructural sismorresistente del bloque 2 del hospital de Solca. El último sismo que sintió en el trabajo, fue el de febrero pasado y él estaba en su descanso. “Estábamos en el piso 5 y mis compañeros empezaron a correr, pero les dije que mantuvieran la calma”, dice sonriente.

Solo una vez, cuando estaba enluciendo una pared en el piso 17 de un condominio en Playas, el viento remeció su andamio y superó a cualquier terremoto o movimiento que hubiera sentido en su vida.

“En este tipo de trabajos ya estamos acostumbrados. Es lógico que habrá temor, pero lo importante es mantener la calma”, menciona con una sonrisa serena, mientras regresa a su labor.

Rubén Mora, responsable de seguridad, higiene y ambiente de la remodelación, comenta que justamente parte de los trabajos que se realizan es para la instalación de más de 100 disipadores de energía sísmica en los cinco pisos del bloque 2 de Solca.

Explica que estas enormes placas funcionan como un péndulo que hacen que, al momento de un movimiento telúrico, el edificio se mueva más, pero no colapse. Es por eso que en este tipo de edificaciones sismorresistentes la oscilación se siente hasta después de que cesa el sismo.

Tanto en Solca, como en el Bankers, realizan simulacros para educar a los usuarios sobre cómo actuar en una de estas eventualidades en estructuras tan altas.

Fadia Germanos y Elizabeth Pala aún no se acostumbran a que les ‘coja’ un temblor en el piso 28 de la torre The Point, donde laboran desde hace dos y un año, respectivamente. Este es el rascacielos más grande del Ecuador desde su inauguración, en 2013.

A las compañeras se les eriza la piel cada vez que sienten el más mínimo movimiento, sobre todo luego de los últimos sismos en la Costa. “Cuando eso pasa no nos da ganas ni de venir, pero toca”, bromean.

Ellos opinan

“Es una experiencia traumática, ya que pensamos que la estructura puede colapsar. Todos ya tenemos un punto seguro que es la terraza. Cuando pasa el temblor, bajamos”.

Katty Llorentty, residente en un cuarto piso.

“Realmente cuando hay un sismo, no bajo. Prefiero esperar hasta que digan que podemos hacerlo para ir al punto de encuentro. Nos obligan a bajar por las escaleras de emergencias”.

Andrea Ramírez, quien trabaja en un quinto piso.

“Anualmente hay una reunión de los brigadistas de cada oficina y repasan el protocolo. En la entrada de cada oficina está el protocolo de evacuación, que es una guía por dónde salir”.

Andrés castro, quien trabaja en un piso 23.

Monitorean los sismos en la ciudad

Wálter Mera, vicerrector de la Universidad Católica, explicó que desde hace tres años la institución tiene un centro de monitoreo sísmico. Han instalado siete casetas con acelerógrafos en todo Guayaquil para establecer patrones de movimientos telúricos.

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