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El 5 de Junio: 123 anos despues
Partiendo como primer objetivo del presente cañonazo el cumplir con la obligación cívica de rendir un merecido homenaje a los guayaquileños que, en una fecha como la de hoy, le otorgaron a la ciudad de Guayaquil otra de sus páginas de gloria, cabe, luego del tiempo transcurrido, pensar en cómo reaccionamos ahora los herederos de esa gesta en favor de las libertades y de la dignidad nacional.
Sin duda, aunque las esencias se conservan, debe quedar claro que nuestro umbral de tolerancia a sus violaciones ha crecido. Las cosas tienen que llegar a un extremo al que todavía no le conozco el límite, para hacernos reaccionar.
Si se duda de lo afirmado, respóndase usted querido lector la siguiente pregunta: ¿cuántos hechos conocidos durante la década que acaba de pasar pueden ser considerados como traición a la patria, con razones tan poderosas, o más, que las que se esgrimieron por entonces hace ya 123 años, cuando lo de “la venta de la bandera”? ¿No es lo que se está conociendo sobre Coca Codo Sinclair un acto de traición a la patria, por recibirlo con las fallas que con toda claridad se han podido establecer? ¿No son traición a la patria los contratos denunciados, en vivo y en directo, en la Presidencia de la República por Fernando Villavicencio? Por el estilo, sería posible llenar de ejemplos al presente cañonazo, recordando asuntos vinculados al tráfico de drogas y sus tortuosas derivaciones.
Sintetizando, podría decir que cualquier forma de asalto a los fondos públicos es traición a la patria y debería generar una reacción tal cual la que se dio el 5 de Junio de 1895.
Por supuesto, lo señalo antes de que me lo refrieguen, nos falta Alfaro pero, no bastaría solo con él o personas como él para reaccionar como antes. Nos falta en cada pueblo un Nicolás Infante, un Vargas Torres, un Amador Viteri, tantos otros como ellos que, con la ofrenda de su sangre y su vida fueron abriendo el surco requerido para la siembra de las libertades.
Hoy al 5 de Junio lo va a recordar la Sociedad de Hijos del Trabajo, “hija” de la Revolución alfarista, y me hace saber que la semilla sigue viva.