UNIVERSIDAD DE GUAYAQUIL
Francisco Morán: "El país pierde cuando los mejores evitan la política"
En su segundo periodo como rector de la Universidad de Guayaquil, Francisco Morán analiza los retos de la educación superior

En su segundo periodo como rector de la Universidad de Guayaquil, Francisco Morán Peña analiza los cambios internos de la institución.
Lo que debes saber
- En su segundo periodo como rector de la Universidad de Guayaquil, Francisco Morán Peña analiza los cambios internos de la institución, el rol de la educación superior y las tensiones entre política, ética y formación profesional.
¿Cómo entiende usted el contexto educativo nacional y qué ha ocurrido en la universidad en estos años?
Es importante entender que muchas universidades públicas no lograron adaptarse adecuadamente a las nuevas normas, especialmente a partir de la Ley Orgánica de Educación Superior del 2010. Esto generó un conflicto entre lo administrativo y lo democrático, porque antes existía una estructura distinta de poder dentro de las universidades.
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En ese modelo, las autoridades de facultades tenían mayor control, mientras que los rectores funcionaban más como administradores de los decanos. Con la nueva normativa, el rector pasa a ser el eje central de la universidad, lo que implicó un cambio profundo que no todas las instituciones comprendieron de inmediato.
En el caso de la Universidad de Guayaquil, esto derivó en dos intervenciones. No fue un problema académico, sino político. Las autoridades no se adaptaban a la nueva lógica democrática. La última intervención se dio entre 2018 y 2021, en un contexto además atravesado por la pandemia. Fue un periodo complejo, pero necesario para reordenar la institución.
¿Qué papel cumple hoy la academia en el contexto nacional?
Después de la pandemia, todas las ciencias giraron hacia la tecnología, y la academia no fue la excepción. La virtualidad dejó de ser una opción y pasó a ser una necesidad. Esto aceleró procesos que hubieran tardado años, como la incorporación de la inteligencia artificial en distintas profesiones.
Hoy la tecnología no solo está en las aulas, sino en el ejercicio profesional. Por eso, desde nuestro primer periodo impulsamos nuevas carreras como inteligencia artificial, gastronomía, ingeniería en alimentos y ciencias políticas. También creamos 21 revistas científicas, cuando antes había solo cuatro, y trabajamos en modelos educativos prospectivos que respondan a lo que ocurre y a lo que vendrá en la sociedad.
¿Qué desafíos institucionales ha enfrentado la universidad en este contexto?
Durante casi 50 años, la Universidad de Guayaquil fue un espacio inseguro y desordenado. Entraba cualquier persona, había informalidad, incluso aulas que funcionaban como cibers o espacios alquilados.
Lo primero que hicimos fue recuperar el orden y la seguridad. Hoy existe regulación, control y un ambiente académico adecuado. Nuestros estudiantes pueden ingresar tranquilos, estudiar y desarrollarse en un entorno seguro. Eso ha permitido también mejorar el clima laboral y los resultados institucionales.
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¿Por qué ese orden no se logró antes?
Hay un antecedente clave: el libre ingreso en los años 70. Fue un avance social importante, pero no vino acompañado de control. Eso derivó en una masificación sin regulación que terminó en partidización dentro de la universidad.
Durante décadas existieron partidos políticos internos que afectaron la vida democrática universitaria. Ese modelo prácticamente se sostuvo hasta la pandemia. Hoy hemos marcado una diferencia clara: mantenemos una democracia universitaria, pero no partidista.
Las universidades deben formar profesionales con criterio político, pero no ser espacios de militancia.
¿Cómo puede aportar la academia a mejorar la selección de autoridades?
El problema no es la falta de profesionales capaces, sino el contexto. Tenemos grandes académicos, con ideas valiosas, pero que no quieren participar en política.
¿Por qué? Porque saben que su vida personal y familiar será expuesta, atacada o incluso distorsionada. La sociedad muchas veces no busca profesionales, sino figuras casi perfectas, “santos” que no existen.
Eso ha provocado que muchas de las mejores mentes del país se queden en las universidades, sin dar el paso a la política. Y el país pierde.
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¿Qué rol cumple la ética en la formación profesional?
Hemos trabajado en fortalecer la ética desde la institucionalidad. Creamos el primer comité de ética para investigación en humanos y animales dentro de la universidad.
Esto permite establecer límites claros sobre hasta dónde se puede investigar. Además, existen comités para temas sensibles como el acoso, y controles permanentes a través de auditorías internas y externas.
Sin embargo, también hay que entender que el aumento de leyes genera más procesos y más burocracia. Cada normativa implica más controles, más personal y más tiempo en la gestión pública.
En este contexto electoral, ¿qué debe aportar la academia al país?
La academia debe formar profesionales con pertinencia, es decir, alineados a las necesidades reales del país. No todas las carreras responden a esa lógica.
Por ejemplo, hay una sobreoferta de médicos y abogados, mientras que faltan docentes. La sociedad también debe reflexionar: muchas veces los padres empujan a sus hijos hacia ciertas profesiones sin considerar sus verdaderas aptitudes.
Nosotros buscamos formar profesionales con competencias reales, pero también con empatía social. Ese es un rasgo distintivo de la Universidad de Guayaquil: nuestros egresados entienden que su conocimiento no es solo para ellos, sino para servir a la sociedad.