Los rincones que Quito esconde en sus parroquias

  Quito

Los rincones que Quito esconde en sus parroquias

La identidad de la capital se construye y sostiene en 33 localidades rurales. Cada una se destaca por una peculiaridad que la hace más atractiva ante el mundo

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Innovador. Las bebidas alcohólicas hechas con mandarina son propias de Perucho 2. Suro. Los canastos de este material son armados en 45 minutos.ANGELO CHAMBA

Si de diversidad gastronómica, cultural y artística se trata, Quito junto a sus 33 parroquias rurales tiene mucho que ofrecer. Desde la más recóndita y anónima hasta la más próxima y reconocida. Cada una alberga en su corazón un distintivo especial que no solo atrae a propios y extraños, sino que invita a descubrirlas a profundidad.

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Es así que en un recorrido realizado por EXPRESO a una feria de ruralidades llevada a cabo en Guayllabamba, conocimos a Juan Lasso. Él vive en Pacto, noroccidente de Quito. Es productor de panela desde hace 40 años y dice que este oficio es lo que distingue a esta parroquia.

En esta zona ubicada a dos horas del centro capitalino, de clima caliente pero no sofocante, se produce la mejor caña de azúcar. La dedicación que ponen los agricultores para obtener un producto de calidad es tan elevada que incluso se exporta a Italia una buena parte, a través de una cooperativa que conformaron.

“Pacto es la capital de la panela. El 90 % de lo que se consume en la ciudad lo producimos aquí y desde hace poco también se va para el exterior”, asevera Lasso.

A través de la cooperativa envían mensualmente al Viejo Continente cerca de 10 quintales de este edulcorante natural, pero también están elaborando bebidas naturales endulzadas con su mismo producto. La idea es ponerlas próximamente en las perchas de supermercados y tiendas.

Algo parecido se replica en Perucho. Un poblado localizado en el centro-norte de Pichincha y reconocido por las fuentes de aguas termales del Chupata, El Chico y Cuvi. Pero además por ser la parroquia reina de la mandarina.

Así lo afirma Norma Paspuel, peruchana de nacimiento y fiel consumidora de su producto. Hace un año esta parroquia tuvo una sobreproducción de esta fruta cítrica y según cuenta Paspuel, para no desperdiciarla debido a la baja demanda que había, se organizaron los productores para remediar la situación.

Fue así que de grandes ideas nacieron productos jamás antes comercializados. Como el coñac, whisky, vino y licor de mandarina. Pasteles. Panes. Mermeladas. Confites de chocolate elaborados a partir de la deshidratación de sus cáscaras.

Somos los primeros en sacar este producto al mercado nacional y ahora internacional. El clima del que gozamos es óptimo y de esto vivimos una gran parte de agricultores.

Juan Lasso,  productor de panela en la parroquia Pacto

“Somos 14 los emprendedores que nos pusimos a trabajar en estas iniciativas para dar a conocer al mundo que en Perucho se da la mejor mandarina del país. Tenemos mucho que ofrecer, pero solo nos falta que la gente nos dé una oportunidad y se la den también para visitarnos”.

Hacia el sur oriente de Quito, otro paraje lleno de tradiciones que sobreviven al paso del tiempo y al desinterés ciudadano que podría ponerlas en riesgo, es Amaguaña, una parroquia de 31.106 habitantes. Cada uno dedicado a diferentes actividades económicas, entre esas la apicultura, como Darío Pachacama, quien lleva 18 años contemplando el trabajo de las abejas y viviendo de su fruto: la miel.

Según él, la calidez y presencia del volcán extinto Pasochoa es lo que permite que en este escenario se generen riquezas especiales y únicas en el país, como la miel y polen que produce mensualmente. O como los canastos de suro (una especia de planta que nace en los bosques del sector), que no se confeccionan en otras partes del Ecuador y mucho menos del mundo, pero en este territorio local todavía se mantiene viva esta herencia artesanal.

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Wilson Nasimba es heredero de este conocimiento. Su suegro, de 95 años, le enseñó la técnica hace un año y ahora son los últimos productores de estas obras de arte.

Con el tiempo fue perfeccionando la técnica. Ahora no le toma más de 45 minutos armar un canasto, desde el más pequeño que no supera los 35 centímetros de diámetro, hasta el más grande que llegará a los 70 centímetros.

Lo complicado es el proceso de fabricación, desde la cosecha de suro hasta que finalmente se pone el producto elaborado a disposición del público, asevera el hombre.

“A las 05:00 se recoge el suro en el monte, luego se le igualan las ramas, se lo corta en tiras y se lo pone a secar al sol por dos días. Antes de empezar a manipularlo para darle forma se lo remoja, si no se parte. El resto ya es puro retoque”, finaliza.

Este recorrido continuará en una próxima edición, donde la búsqueda de nuevos rincones de historia, identidad y novedad será lo primordial.