Quito

La colada morada vive todo el año en dos rincones de Quito

En la 10 de Agosto y mercado de Santa Clara se ubican estas huecas únicas. En meses comunes preparan hasta 15 litros y en finados superan los 40

colada morada
Principales. Para Sarita Rivera los ingredientes principales son el mortiño y la frutilla. Infalibles para que el sabor de la colada sea insuperable.Karina Defas

Si de mantener vivas las tradiciones, conservar las costumbres y recordar a los que ya no están entre los vivos se trata, Sarita Rivera y María Flor Chapeguasai son las mejores promotoras que tiene la capital.

Estas mujeres -que no se conocen ni por casualidad- preparan durante los 365 días del año la típica colada morada, bebida con la que no solo buscan consentir al paladar de sus comensales fuera de noviembre, mes de los difuntos, sino también evitan que la esencia cultural de esta práctica se evapore.

Día de muertos

El tradicional altar de Día de Muertos de México resiente la inflación

Leer más

Así lo dice Sarita, de 75 años. Ella prepara y vende la colada, desde su puesto 72, en el mercado de Santa Clara, centro norte de la capital, hace 50 años. La receta la heredó de su madre, quien falleció hace casi una década.

En meses ordinarios la colada también es demandada, por eso produce 15 litros. Pero en la pretemporada del undécimo mes, su elaboración llega hasta los 40 litros por día.

El sabor en el que esconde tres toques secretos es lo que atrapa a sus clientes, sostiene. A más de mortiño, mora, babaco, harina morada, piña, frutilla, también le agrega elementos que se resiste a revelar por temor a perder su genuinidad.

“Son tres cositas más que descubrí con el paso de los años y con la experiencia. La receta de mi mamita la perfeccioné y con eso ya me quedé. He ganado muchos concursos como la mejor colada morada, la más sabrosa, pero a la hora de cocinar lo que más le pongo es amor, porque cuando la preparo siempre recuerdo a todos mis seres queridos que perdí. Los recuerdos me llegan y hago con más corazón, con más amor”, suelta mientras retira las lágrimas de sus mejillas con la palma de su mano derecha.

tortillas de tiesto
Diferente. Las tortillas de trigo hechas en tiesto son el acompañante especial por el que optó María Flor Chapeguasai para destacar los sabores de la bebida que prepara por casi 20 años.Karina Defas

Hace tres años perdió a su esposo. Un cáncer de páncreas se lo arrebató y como a él también la muerte se llevó a sus padres, hermanos, sobrinos y cuñadas. “Son muchos, pero endulzo las penas con el sabor de mi colada. Así lo hacen muchos que vienen durante el año”, agrega, mientras se dispone a servirla en un vaso transparente que va acompañado con una guagua de pan.

Pero desde otro rincón oculto de Quito, sobre la avenida 10 de Agosto y Arenas, centro de la urbe, María Flor Chapeguasai también es otra de las fieles aduladoras de la colada morada. La expone en su menú diario. En los desayunos y comidas de mediodía. La acompaña con huevos, tostadas y jugo en las mañanas.

México, muertos

Calaveras gigantes previo al Día de Muertos en México

Leer más

Pero la distinción se aclara pasadas las 14:00, cuando la sirve con tortillas de trigo, rellenas de queso y asadas en un tiesto.

“A mis clientes les encanta comer así. Es muy rico. Les causó novedad al principio, pero después se acostumbraron”, comenta Chapeguasai.

Su madre, quien falleció hace 15 años, fue la mentora de esta idea. “Era nuestra costumbre cuando vivíamos en el campo, en Riobamba. Era el pretexto para unirnos en familia”, asiente la mujer de 35 años.

Y “era”, porque eso ya murió. Se perdió. Porque unos llegaron a la ciudad, porque no tienen tiempo o porque simplemente no se quiere, aclara ella.

Las cifras que maneja en cuanto a ventas de esta bebida ecuatoriana son parecidas a las de Sarita. Diariamente no despacha menos de 15 litros, aunque en tiempo de conmemoración de difuntos sus números se elevan al día, hasta 40 litros. Los costos no superan los 2 dólares y para noviembre trae sorpresas. Está dispuesta a cambiar sus tortillas por guaguas.

Mientras tanto, estos dos rincones se escurren entre el anonimato y la necesidad por sostener una práctica que vive entre pocos.