
“La lista de Epstein”
#ANÁLISIS: Quizá esta sea la lección más inquietante de todas que Epstein no inventó la podredumbre humana. La aprovechó
En América Latina tenemos un reflejo casi automático ante los grandes escándalos internacionales: preguntarnos si habrá un compatriota involucrado. Apenas se habló de la famosa “lista de Epstein”, más de uno empezó a “buscar” apellidos conocidos o políticos para ver si aquella lista puede ser usada como arma de guerra, pero vale en esta era de postverdad explicar que la llamada “lista de Epstein” no es un registro judicial de culpables. No existe un documento oficial que enumere a quienes cometieron delitos sexuales en su isla. Lo que sí existen son registros de vuelos, agendas telefónicas, correos electrónicos, fotografías sociales, testimonios bajo juramento y condenas firmes contra Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell. La lista es una construcción mediática nacida del cruce de esos documentos dispersos.
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Las primeras denuncias serias surgieron en 2005 en Palm Beach, Florida, cuando la madre de una adolescente acudió a la policía tras sospechar que su hija había sido reclutada para “masajes” en la mansión de Epstein. La investigación reveló un patrón: jóvenes vulnerables eran contactadas y pagadas por encuentros que derivaban en abuso. En 2008, Epstein firmó un polémico acuerdo judicial que le permitió declararse culpable de cargos estatales menores y evitar una acusación federal más severa. Cumplió apenas 13 meses con privilegios inusuales propios de cárcel ecuatoriana, salir a trabajar y volver a prisión, visitas, lujos, etc. Ese acuerdo marcó el primer escándalo por lo grotesco de los privilegios concedidos.
El caso parecía enterrado hasta que, en 2018, una investigación periodística volvió a escuchar a las víctimas y cuestionó el acuerdo de 2008. En julio de 2019 Epstein fue arrestado nuevamente, esta vez por cargos federales de tráfico sexual de menores. Un mes después apareció muerto en su celda en Nueva York. La versión oficial fue suicidio. Las dudas dicen lo contrario.
Pero Epstein tuvo como todos, un génesis que explicaría su nivel de poder y accionar. En 1976, sin título universitario formal, logró entrar a Bear Stearns, uno de los bancos de inversión más influyentes de Wall Street. Allí comenzó en el área de operaciones y pronto se especializó en asesorar a clientes con patrimonios extremadamente altos. No gestionaba cuentas comunes; trabajaba con fortunas privadas que buscaban discreción. Con el tiempo fundó su propia firma para administrar capitales de ultrarricos, diseñando estructuras fiscales complejas, vehículos financieros sofisticados y estrategias patrimoniales que exigían confidencialidad absoluta. En ese mundo quien administra secretos financieros aprende, inevitablemente, a moverse entre vulnerabilidades humanas, la influencia no siempre nace del dinero propio; a veces nace del conocimiento íntimo del dinero ajeno y sus pecados.
Su isla privada en las Islas Vírgenes se convirtió en símbolo de exclusividad
Con ese capital simbólico financió investigaciones científicas, donó a universidades, organizó cenas donde se mezclaban empresarios, académicos, intelectuales (de esos que dicen odiar el sistema, pero matarían por estar dentro del mismo) y políticos. Su isla privada en las Islas Vírgenes se convirtió en símbolo de exclusividad, así cuando los expedientes comenzaron a salir a la luz, nombres conocidos aparecieron en agendas, vuelos y correos.
Aquí está la distinción: aparecer en un registro no equivale a cometer un delito. Asistir a una reunión no es prueba de complicidad criminal. Pero tampoco es irrelevante mantener vínculos con alguien ya condenado en 2008.
La política convirtió esa ambigüedad en arma. La cercanía pasada de Donald Trump fue usada como arma electoral; él afirmó haber roto relación y colaborado cuando surgieron las primeras denuncias. Luego aparecieron comunicaciones incómodas que afectaban a figuras cercanas al mundo demócrata. La rueda giró.
Incluso Ecuador apareció mencionado más de doscientas veces en los millones de páginas desclasificadas. La cifra impresiona, pero conviene distinguir: en esos archivos se mezclan referencias logísticas, intercambios financieros y comunicaciones diversas. No es lo mismo una cadena de favores económicos que un delito sexual cometido en la isla. Confundir ambos planos es precisamente lo que convierte a la “lista” en arma política.
Porque la lista funciona. Funciona como insinuación, como sospecha, como desgaste. Y hay un sistema que durante años prefirió no mirar demasiado de cerca.
Quizá esta sea la lección más inquietante de todas que Epstein no inventó la podredumbre humana. La aprovechó.
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