Vivacidad eterna
Pese a la violencia, la precariedad y la soledad, podemos inyectar un poco de esperanza, en especial a los jóvenes, para que el pacto social no se destruya

El propósito es lo que genera que la vida valga la pena, ya sea por sueños individuales, por instinto de protección a nuestras familias o por trascendencia.
“Lo importante no es la vida eterna, es la vivacidad eterna” es una cita atribuida a Nietzsche por Albert Camus en El mito de Sísifo, en una referencia a que vivir con intensidad muchas experiencias absurdas puede ser la única forma de superar el absurdo de la existencia humana. No sé si la cita es correcta, pues no la he encontrado en los textos que consulté, pero sí va en línea con una idea central de sus obras: la autenticidad y entusiasmo con los que actuamos en este mundo debe ser tal que deseemos que se repita de manera eterna.
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Una presencia digna de ser repetida: fácil decirlo desde la superación de necesidades básicas. El estómago lleno, la certeza de que nuestros hijos se acostarán con abrigo y se levantarán ante una familia, o que la dignidad del trabajo se traducirá en la dignidad de quien lo ostenta, nos permite el lujo de filosofar sobre el deber ser. Lo contrario, las carencias extremas, pueden deshumanizar a un individuo al límite de que reniegue de su propio ánimo: imposible cargar con dudas existenciales cuando el tiempo no es más que un tránsito de supervivencia.
Conservar el pacto social requiere aprender a escuchar
Pero el humano es, por naturaleza, un ser con espíritu. ¿Cómo rescatarlo entonces de las condiciones externas que acaban con la esencia misma de su humanidad? ¿Cómo, a pesar de la violencia, la precariedad, la soledad, podemos contribuir a inyectar un poco de esperanza para que este endeble pacto social no termine volando por los aires? Especialmente con hombres jóvenes, conflictuados entre instintos y señalamientos, cargados con culpas propias y ajenas, avergonzados porque ese respeto que quisieran alcanzar se ve cada vez más lejano.
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Dudo que haya una fórmula única, pero debemos comenzar por escucharlos. El amor propio requiere de visibilidad. No podemos pretender que alguien quiera integrarse al resto de ciudadanos si los condicionamos para no ser nadie. El propósito es lo que genera que la vida valga la pena, ya sea por sueños individuales, por un instinto de protección a nuestras familias o por una trascendencia que vaya más allá de estas generaciones. Pasión profunda sobre lo que hacemos y orgullo sobre lo que dejamos.