Fachos, sin rodeos y sin culpas
El poder absoluto manosea la ley, disciplina la Asamblea, selecciona la justicia y desacredita a la prensa incómoda...
Están dadas todas las características de un gobierno fascista, que lo asume como tal sin necesidad de adornos ni culpa alguna. Unos, porque en su plena ignorancia no tienen ni la más leve idea de lo que significa y, otros, porque lo llevan con orgullo. Piensan que es un tema de estatus social, de poder económico y hasta de privilegio genético, quién sabe la causa, pero no se percibe ni un gramo de culpa.
Ninguna, a pesar de que entre sus más notorios e históricos exponentes encontramos a Mussolini y a Hitler, a quienes se pretende emular con estrategias de comunicación, en las que el líder encarna al pueblo y, por lo tanto, ninguna institución puede perturbar su sagrada misión, por lo que debe desaparecer o ser sometida.
El guion es el de siempre. Toman el mando de un país en crisis, incendiado, son los redentores, y como la solución solo depende de ellos la emergencia debe ser permanente. ¿No les hace ruido? Guerra interna, estados de excepción, movilización militar, suspensión de derechos, desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales, allanamientos por doquier, en fin, es la película que vivimos.
Todo este cuadro necesita la ausencia o deslegitimación de controles democráticos. Copar todo el espacio requiere eliminar contrapesos, para ello desacreditan a unos jueces y cooptan a otros. Hostigan a la prensa o la compran. El sistema penal es el mejor instrumento de persecución. Toda crítica o libre opinión es sedición o traición.
Otra vez, ¿no les hace ruido? El Consejo de Participación, de la Judicatura, Contraloría, Fiscalía, blindaje legislativo, caso Aquiles Álvarez, en fin, temas de nuestra vida real. Pero claro, el miedo, la ingenuidad, el interés y también la identificación, provoca explicaciones como la necesidad de mano firme y un orden que otorgue paz, sin percatarse del monstruo que aún falta por mostrarse.
El actual libreto facho no necesita uniformes ni himnos. No requiere ni siquiera, derrocar el andamiaje democrático, tiene medios ya depurados y probados en el tiempo. El poder absoluto manosea la ley, disciplina la Asamblea Nacional, selecciona la justicia y desacredita a la prensa incómoda, no destruye nada, lo adapta, lo suma. No se gobierna con la normativa legal, sino con la urgencia permanente. La excepción se convierte en rutina.
Lo más preocupante es el abuso y cuando es normalizado o lo negamos a pesar de tenerlo frente a la nariz, nos hemos sometido completamente a las reglas del poder. Pon a Godoy, saca a Godoy, reinstala a Godoy y reemplaza a Godoy. Pon a Villacís en la terna, inhabilita a Villacís, saca una nueva terna, pon a Caicedo como primera, designa a Caicedo como Presidenta. Este es el baile de los vampiros de siempre, torturar la ley y servir a toda costa ha arrastrado dignidad, prestigio y respeto de personas inteligentes y preparadas a cambio de…? Solo ellos lo saben y, especialmente, si valió la pena.
La historia nos enseña que los gobiernos fachos no tienen finales ordenados. La concentración de poder provoca, por lo general, finales abruptos y marginales institucionalmente. Así, por conflicto militar externo (Hitler/Mussolini); resquebrajamiento interno y una cesión de poder consecuente (régimen franquista); debacle económica, pérdida de legitimidad y revuelta popular. La historia sugiere que los gobiernos fachos no suelen transformarse en democracias plenas por decisión propia; más bien terminan por una mezcla de frustración e indignación popular que se manifiesta antes, en y después de la fractura.