La política es hablar

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La política es hablar

Es muestra de una sana democracia que los movimientos políticos de diferente color encuentren puntos de acuerdo, pese a sus diferencias. El descrédito a esos acuerdos viene cuando se hacen con opacidad o disimulo.

No hay manera de gobernar con una Asamblea tan fragmentada que no sea mediante el diálogo. Siempre va a ser más estable, en términos de democracia, sentarse a buscar líneas de acuerdo con la oposición -o con el Gobierno en el caso de los bloques opositores- que andar siempre en busca del punto de quiebre. Es más, sería ideal si los políticos de Ecuador tuvieran la suficiente habilidad para encontrar acercamientos y definir líneas rojas.

La reforma tributaria es buena muestra. Retomar la vía de la amenaza de muerte cruzada era agitar el avispero ante un contexto social de hartazgo. Resulta mucho mejor poner las cartas sobre la mesa e intercambiar posturas con los oponentes. En teoría, con una misma meta: el beneficio común.

Esa fórmula despierta, no obstante, puntos de fricción a los que es posible anticiparse. El primero es ser conscientes de que habrá una factura política con los votantes de cada movimiento si no se explica bien el acuerdo o los puntos de acuerdo alcanzados. El segundo viene precisamente derivado del primero: cuando el bloque criticado por los suyos por incoherente alimenta la confusión, hablando de errores o malas interpretaciones, es cuando la ciudadanía cree que el pacto responde solo a intereses partidistas.