Opinión

La paja en el ojo ajeno

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(Expreso)

La soberbia de cierto sacerdote que dio mucho de que hablar esta semana, hace necesario desempolvar el testimonio del coronel Christian Rueda ante la comisión parlamentaria que investiga el paro nacional. Él es uno de los policías secuestrados del Ágora de la Casa de la Cultura y su historia tiene un detalle muy curioso. Había ido hasta la esquina de la Universidad Católica, a negociar la liberación de un patrullero y su ocupante, retenidos por una multitud de indígenas; cuando llegó, desarmado, pidiendo diálogo, se le acercaron dos personas: “un líder indígena que no se identificó” y “un ciudadano que se identificó como decano de la Universidad Católica y que llevaba un megáfono”. Mientras hablaba con ellos, se reunieron 500 personas a su alrededor y se lo llevaron a la fuerza.

¿Qué hacía un “decano de la Universidad Católica”, ¡megáfono en mano!, negociando la liberación de un patrullero y siendo testigo de un secuestro? ¿Acaso el papel de las autoridades de ese centro educativo en el paro nacional fue más allá de la mera “ayuda humanitaria”?

“Ayuda humanitaria”. La explicación de los rectores de las universidades parece convincente. Después de todo, una marcha indígena, por las características culturales de su protesta, incluye mujeres, niños y cientos de personas vulnerables que necesitan atención, comida, abrigo... Quito ha recibido muchas de esas marchas en los últimos 25 años y las universidades (no la Católica, esta es su primera vez) han cumplido esa función, que las honra.

Los rectores (hay que ponerse en su lugar) cumplen con su deber. Sin embargo, habrán notado ellos que esta marcha no se pareció en nada a las anteriores. En esta ocasión hubo una serie de acontecimientos que el ministro de Defensa, Oswaldo Jarrín, describió como “un escenario de insurgencia”: violencia organizada, armas de fabricación artesanal, tácticas militares de lucha callejera, ataque coordinado a objetivos estratégicos... Por poco empeño que uno emplee en ponerse (también, por qué no) en el lugar del ministro, encontrará que lo que él dice, desde su perspectiva estrictamente militar, es harto razonable: que los lugares donde los perpetradores de esos desmanes duermen, se alimentan y se curan, son centros de apoyo logístico. No hace falta traicionar ninguna vocación humanitaria para entender eso.

“No hemos dado apoyo logístico, nomás les dimos de comer”, dijo el jesuita Fernando Ponce, rector de la Universidad Católica, ante la comisión parlamentaria. Uno no sabe si asombrarse por su impresentable cinismo o por su insondable candidez, para decirlo gentilmente. Con un mínimo de aquella honestidad intelectual que cabe suponer en tan distinguidos académicos, con un mínimo de capacidad para hacerse responsables de las consecuencias de sus actos, se podría esperar de los rectores, por lo bajo, una reflexión: ¿cómo se compagina la vocación humanitaria de la universidad con el nuevo escenario de violencia? ¿Es correcto brindar apoyo y abrigo a alguien que viene de prenderle fuego a la ciudad? No se les pide que traicionen sus principios, simplemente que se hagan cargo de los nuevos contextos. Y que tengan el coraje de debatirlo en público.

En cuanto al rector de la Católica, parece que debe muchas explicaciones a la sociedad. Que las rinda. Y en sus homilías, que diga lo que quiera.