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Un día para olvidar

Los familiares de quienes murieron difícilmente hallarán consuelo y, definitivamente, verán venir nuevos episodios de sangre, pues las bandas criminales no escatiman en venganzas.

ILUSTRACION TANIA TINOCO
Los analistas y los candidatos tendrán tiempo para evaluar y sacar lecciones de lo ocurrido.ilustración TEDDY CABRERA

En un solo día se rebasó la cifra de muertes de todo un año en el sistema penitenciario del Ecuador (hubo 52 en 2020). El 23 de febrero, cuando la Comandancia Policial recibía el último informe de la jornada, a las 22:15 se registraban 78 reos asesinados y otros 19 heridos en cárceles de Guayas, Azuay y Cotopaxi. A esa hora, en las afueras del mal llamado Centro de Rehabilitación Social Zonal 8 en Guayaquil, aún había madres que sollozaban, preguntándose cómo estaban sus hijos, condenados a prisión, no a muerte. Pronto tendremos que saber cuántos de los reos fallecidos tenían sentencia condenatoria o estaban bajo la medida cautelar de prisión preventiva.

Voces oficiales dicen que fue una cadena de amotinamientos que arrancó en la madrugada con el objetivo principal de tomar el control de las prisiones de la zonal 8 en el Puerto Principal, de El Turi en Cuenca, y de la llamada de ‘máxima seguridad’ en Latacunga. Un mando que en el submundo penitenciario lo ejercía la banda de los Choneros, hasta la muerte de su cabecilla, alias Rasquiña, en diciembre pasado.

Los videos grabados por los propios reos y luego viralizados en redes sociales demuestran un nivel de violencia solo comparado al de las series de televisión de narcoterroristas. Si nos asustaban los episodios sangrientos ocurridos en México y Colombia, pues ya tenemos los nuestros. Cuerpos abiertos en el pecho y corazones arrancados aún palpitantes. Cabezas cortadas exhibidas como trofeos. Extremidades dispersas, torsos quemados, cadáveres apilados que chorreaban sangre.

Entre todos los testimonios que escuché ese día, me impactó en demasía el relato de una joven en las afueras de la cárcel de El Turi. Según ella, buena parte de los prisioneros decidieron atacar a los integrantes de un pabellón de ‘máxima especial’. Quienes lideraban el ataque, decía, tenían motosierras y era tal su agresividad y dotación de armas, que la policía esperaba la llegada de los militares para ingresar.

Los analistas y los candidatos tendrán tiempo para evaluar y sacar lecciones de lo ocurrido. Pero los familiares de quienes murieron difícilmente hallarán consuelo y, definitivamente, verán venir nuevos episodios de sangre, pues las bandas criminales no escatiman en venganzas.

Nada podrá cambiarse de ese 23 de febrero, lo sabemos, pero como una simple ciudadana, pregunto y reclamo: ¿Qué hicieron las autoridades con las alertas que recibieron? ¿O nos van a decir que no hubo advertencias de la inteligencia policial? Es indudable que fueron amotinamientos concertados en las tres prisiones que albergan al 70 % de la población carcelaria, con el uso de armas de fuego y puñales y la utilización de teléfonos celulares. Obviamente no ingresaron por arte de magia. Una operación así requirió planificación, dinero y cómplices.

Al margen de lo formal y oficial, debemos preguntarnos todos qué hemos hecho como sociedad para cosechar todo esto. ¿Hasta dónde permitimos a los odiadores envenenar el ambiente de nuestro país? ¿Podemos seguir con una superpoblación carcelaria, con más de 44 mil presos tratados en muchos casos sin las mínimas condiciones humanas?

Si hay algo que rescato de esta jornada de barbarie es la pincelada de esperanza representada por la oportunidad que tenemos de posar los ojos en el terrible sistema carcelario ecuatoriano. Comparto entonces unas palabras de Nelson Mandela “… Nadie conoce realmente cómo es una nación hasta haber estado en una de sus cárceles…”.

Que nadie se alegre por lo que pasó en la Zonal 8, en El Turi, en Latacunga. Muchas de las personas que lograron salir de allí dicen que conocieron un montón de inocentes que solo no podían pagar un buen abogado. Y, por supuesto, conocieron perversos, asesinos, violadores… pero aun ellos merecen ser tratados con dignidad. Nada más alejado de lo que vimos en ese día para olvidar.