Premium

Sophia Forneris | Legal, no moral

Avatar del Sophia Forneris

Las comunidades no solo se regulan con leyes, sino premiando conductas aceptables

Que algo no sea ilegal no lo convierte automáticamente en correcto. Legalidad y moralidad no son sinónimos: la ley fija estándares mínimos de convivencia, mientras que la moral se mueve en el terreno —mucho más incómodo— de los valores, la responsabilidad y el juicio colectivo. Existen acciones perfectamente legales que resultan éticamente reprochables, así como leyes que, vistas con distancia histórica, terminan siendo moralmente injustas.

Esa distinción se vuelve inevitable cuando observamos el avance del crimen organizado y nos preguntamos hasta dónde llega la responsabilidad moral de quienes no disparan, no ordenan, no trafican, pero conviven —directa o indirectamente— con sus beneficios.

Este fin de semana se volvió viral la exposición pública de parejas sentimentales de narcotraficantes ecuatorianos, tras el asesinato de uno de ellos. El impacto no fue solo por el crimen, sino por lo que reveló: cómo el dinero ilícito no solo circula, sino que es disfrutado, validado y, muchas veces, admirado en espacios que se creen ajenos al problema.

Aquí entra en juego un concepto olvidado pero poderoso: la sanción social. La vergüenza comunitaria —ese mecanismo informal de desaprobación— ha sido históricamente una de las formas más eficaces de control social. Las comunidades no solo se regulan con leyes, sino premiando conductas aceptables y castigando, al menos simbólicamente, las que amenazan el orden colectivo. Saber de dónde viene el dinero importa tanto como saber quién lo disfruta.

Cuando los vecinos se cuidan entre sí, cuando el delito genera rechazo abierto y no fascinación silenciosa, se construye un factor de protección real: se reduce la normalización del crimen. No se trata de linchamientos morales ni de vigilancia paranoica, sino de reconstruir vínculos, conversaciones y límites compartidos. La solución no llegará por aislarnos más, ni por fingir que el problema vive “afuera”. Crear comunidades menos indiferentes y dispuestas a incomodarse es la solución más viable para este problema. Como sociedad nos debemos plantear: ¿qué estamos dispuestos a revelar para poder vivir tranquilos?