Tienen tinnitus

  Columnas

Tienen tinnitus

El run run de los últimos doce meses de administración ha elevado hoy el tono, inundando las calles y boicoteado el normal ir y venir del país entero.

Es un zumbido constante en el oído, molesto de forma constante, un timbre que en momentos de estrés puede provocar reacciones iracundas en el paciente desesperado. Y es para siempre. A diferencia de los afectados por esta dolencia auditiva, el Gobierno puede decidir si lo apaga de una vez o seguir ignorándolo hasta exasperarse por ese ruidito a bajos decibelios.

El run run de los últimos doce meses de administración ha elevado hoy el tono, inundando las calles y boicoteado el normal ir y venir del país entero. Dice el presidente que está dispuesto a dialogar y lo ha puesto en papel. Pero, con el malestar social crispado como está ahora, retumban más las palabras de ayer del canciller Juan Carlos Holguín. Con un mensaje sosegado y autocrítico reconoce que el Gobierno llegó al poder prometiendo escuchar y después, como si fueran tinnitus, esas voces críticas y esas reivindicaciones sociales movidas por las carencias existenciales pasaron a ser un zumbido a mínimo volumen. Constante, pero silenciado. Desatendido.

Ese dejar en visto las peticiones de los grupos sociales cuando no hay en juego una elección o una votación en la Asamblea ha ayudado a cosechar unas iras que siempre han estado sembradas. La pobreza, el racismo y la marginación de las comunidades explotan siempre mucho mejor cuando hay quien azuce. Pero no ser consciente de ese bagaje social y cultural es vivir inconscientemente.

Lo más difícil ahora, cuando el tinnitus pasó a estallido, es templar los ánimos dando concesiones necesarias para una vida digna y, a la vez, plantar cara y mano dura para que no ganen espacio los oportunistas políticos en la sombra, que excitan adrede la agitación política. La desestabilización solo favorece a los que están fuera del sistema. Ni a los manifestantes ni a los ecuatorianos en general les va a resolver ningún problema desmembrar al país.

Carondelet debe escuchar y tener mano izquierda e inteligencia para discernir entre los pedidos sociales legítimos y los boicots sin sentido. Aplicar empatía y comprensión a los primeros, firmeza a los segundos y, de su propia iniciativa, invertir en credibilidad. Lo de prometer para luego ver, ya no se lo cree nadie.