Columnas

La pandemia silenciosa

No hay vacuna a la vista que intente frenar el contagio acelerado. Y es muy difícil que exista porque, como se sabe, no hay peor enfermo que el que cree que no lo está

El tsunami digital que arrasa desde principios de este siglo modifica el modo en que nos comunicamos, y además lo que hacemos y cómo lo hacemos. Es tan violenta y dinámica la revolución tecnológica que, por primera vez, el ser humano no es el protagonista de la historia, sino apenas un instrumento, un receptor que acepta las nuevas reglas y, como si fuera una gran conquista, solo se adapta a ellas.

Dos muestras: nos creemos más libres porque ‘elegimos’ qué ver, leer o comprar, pero en realidad somos la carne de cañón de algoritmos que nos reducen a un perfil de consumo y nos bombardean con ofertas que solo ratifican nuestras apetencias. Ese perfil se construye con los datos que todos los días entregamos gratis a quienes les sacan provecho: Google, Amazon, Netflix, lograrían hacer un identikit que ni en sueños lo podría delinear alguien que, incluso, durmiera en nuestra misma cama. Facebook sabe más de nosotros que nuestra madre, nuestro confesor o nuestros amigos. Juntos. Ni nosotros nos conocemos tanto como lo puede hacer Mark Zuckerberg -dueño de FB, Instagram y WhatsApp- el rato que le dé su regalada gana. Qué nos gusta, qué comemos, dónde estamos, cómo pensamos, a quién deseamos, qué bola de fuego moviliza nuestros mejores anhelos.

El segundo ejemplo es más letal: juramos estar mejor informados, pero navegamos en un mar tempestuoso de ¿noticias? y, sobre todo, de bulos cuya finalidad es confirmar nuestros prejuicios. Nos importa un bledo si se fundan en hechos: los damos por ciertos y los compartimos a nuestros mil amigos en las redes: una mentira se puede volver viral en 2 minutos. Según Gartner Inc., empresa norteamericana líder en consultoría comunicacional, el 2022 la mitad de las noticias que consumamos serán falsas… y el 2023, el 30 % de los empleados irá a laborar con un chip de identificación personal.

La pandemia tecnológica que nos esclaviza con nuestro beneplácito lleva 20 años contagiando a miles de millones. No hay vacuna a la vista que intente frenar el contagio acelerado. Y es muy difícil que exista porque, como se sabe, no hay peor enfermo que el que cree que no lo está.