El lodazal ya es de todos

  Columnas

El lodazal ya es de todos

Quienes respaldaron a Recalde han enviado un claro mensaje a la sociedad: les importa un bledo tener una mínima estructura ética en su accionar...’.

Vivimos una etapa muy peligrosa: estamos a pocos pasos de ser una sociedad que no entiende la necesidad de los límites. Son los límites -legales, morales, éticos- los que nos posibilitan una convivencia fundada en los derechos y en los valores. Sin ellos no es que viene el caos: llega la podredumbre.

Lo que hace pocos días pasó en la Asamblea Nacional muestra cómo nuestros legisladores, o al menos una buena parte de ellos, no entienden ni les interesa tener límites. Quizás porque saben que la sociedad a la que representan tampoco quiere saber de ellos.

La noticia pasó desapercibida en casi todos los medios y en ese remedo de opinión pública que se cocina en las redes sociales: el asambleísta Eckenner Recalde, acusado de cobrar diezmo a sus colaboradores, salvó el pellejo pese a ser acusado -y expulsado- por su propio partido, Izquierda Democrática. 77 asambleístas encontraron que las pruebas contra él eran contundentes. Pero el presunto diezmero conservó su curul recurriendo a una maniobra que impidió llegar a los 92 votos necesarios para sancionarlo: logró que los correístas (y algunos indígenas y hasta un socialcristiano) se abstuvieran en la acusación. En agradecimiento, Recalde ahora vota con el bloque de sus salvadores...

¿Cómo pudieron pasar por alto las evidencias que acumuló su propio Comité de Ética? Según el informe, Recalde usaba a su cuñada, a quien consiguió emplear en la Legislatura, para cobrar en efectivo los diezmos a sus colaboradores. Y existe un audio, como parte de las pruebas, en el que afirma que “hay que cobrar…”. Cobrar un diezmo, por lo visto, ya no es raro en la Asamblea Nacional, y el método ha logrado una especie de validación. Quienes respaldaron a Recalde han enviado un claro mensaje a la sociedad: les importa un bledo tener una mínima estructura ética en su accionar. No la necesitan; ejercen sus cargos sin ella.

Y cuando esa sociedad y los medios que construyen en gran medida su opinión pública casi no se dan por enterados, entonces los inmorales y los diezmeros saben que pueden seguir haciéndolo… porque el lodo en el que se revuelcan ya no es solo de ellos.