La cárcel está afuera

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La cárcel está afuera

O no serán solo individuos, sino la sociedad entera, la que acabe de algún modo en una zanja...

Dos de cada tres presos que hay en nuestras cárceles pertenece a una asociación delictiva. Lo leyó bien: 2 de cada 3… En números redondos: 25 mil presos. Según el portal periodístico Código Vidrio (CV), forman parte, sobre todo, de Los Choneros o Los Lobos, bandas acusadas por la Policía de ser el brazo armado de los cárteles Sinaloa y Jalisco Nueva Generación. Son cifras de Ecuador, no de México. ¿Y aún creemos, como parece creer el Gobierno, que la crisis carcelaria se arregla desembarcando militares?

Hagamos cuentas: si los narcos tienen 25 mil operarios en las cárceles, ¿cuántos tienen afuera dedicados al tráfico de drogas, el sicariato o la extorsión? Para dimensionar la cifra, Arturo Torres, timonel de CV, me da un dato que sobrecoge: “Todo nuestro Ejército tiene 25 mil miembros”. O sea que la banda de la droga es más poderosa. Y eso significa que esta “isla de paz” dejó de ser una ruta de tránsito y, quizás, hoy es un mercado que produce… y consume.

¿Cuánta droga se vende y consume en nuestras narices? Ese es el problema de fondo, no el de las cárceles: allí, lo reitero, el control estatal es una simulación perversa: quien lo tiene es el narco, que de todo hace negocio, y para ello recluta autoridades, pervierte policías, extorsiona a jueces y fiscales.

El narco es un pulpo que va captándolo todo hasta someter al poder y volverlo un títere que se le inclina por la coima o la amenaza. Dispara el tráfico de armas, corrompe a legiones de jóvenes, multiplica la prostitución, normaliza el chulco informal, lava su dinero sucio comprando propiedades, testaferros y abogados… Erosiona lo que toca. Va normalizando su presencia, de a poco, porque el dinero lo compra todo -ya se sabe- y en su altar los devotos son millones. Y cuando no puede comprar, extorsiona y mata. El que no se alinea puede acabar en una zanja.

¿Abriremos los ojos ahora que es un poco tarde, o mañana, cuando ya no haya remedio? Necesitamos enfrentarlo como Estado, con una política pública que atienda todas sus aristas peligrosas. O no serán solo individuos, sino la sociedad entera, la que acabe de algún modo en una zanja.