Rubén Montoya Vega | Los aliados del mal
Allí no acaban los cómplices: lo son las élites, es decir, los colegios profesionales, las cámaras de lo que sea
Ecuador, su gente, tiene un problema insoluble: la creencia de que no existen las responsabilidades compartidas. La culpa siempre es del otro.
Se queja de los deshonestos, pero coima a un vigilante. Exige respeto, pero se salta la fila, o saca la basura a deshoras. Habla mal de los políticos, pero los elige. Y cree que la factura de los errores nunca es suya. Se equivoca: el mal no es solo cosa de autores.
Pongamos por caso a un presidente de la República que quiere sentirse dueño del país y violando la ley se lo toma: liquida el equilibrio de poderes, destruye instituciones, pervierte la justicia. No entiende -ni quiere- de rendición de cuentas, transparencia, pudor. Abusa de su cargo y lo sabe, pero lo hace porque tiene cómplices y encubridores. En un Estado de derecho, por ejemplo, los intentos sistémicos de liquidar a Diario EXPRESO porque resulta incómoda su autonomía, serían un chiste de no ser porque el Gobierno usa a sus muchachos de mandados para consumar el atropello, sin fijarse en las groseras violaciones legales que comete. No importan: lo que cuenta es la decisión del capataz. No es un ejercicio de poder: es una simple y despreciable demostración de fuerza.
Allí no acaban los cómplices: lo son las élites, es decir, los colegios profesionales, las cámaras de lo que sea, los sindicatos de la acción, las cúpulas del pensamiento que se ufanan de educar profesionales socialmente responsables. ¿Dónde están, bola de farsantes? Incluso los líderes de opinión, pero muchos de ellos también guardan silencio. Por la pauta baila el perro.
En general y aún con cómplices perdería el mal, de no ser porque tiene -o espera tener- encubridores. El cómplice compra la bala asesina, arma el ataúd, facilita los clavos, pregona que el muerto sólo anda de parranda. Miente sin rubor o calla sin remordimientos. Como él hay miles... El encubridor, en cambio, es el silencioso de la trilogía. No es el que hace propaganda, ni justifica a viva voz la violación: es el que la valida sin chistar. Es el alcahuete que echa palazos de tierra en el ataúd. Como él puede haber millones.
El mal no haría tanto daño sin tanto cómplice. Y tanto encubridor.