Rubén Montoya Vega | El suicidio de Ecuador
Una sociedad no muere de la noche a la mañana. Se envenena de a poquito
Hay algo en lo que la necedad humana muestra su peor cara, pues mixtura soberbia y estulticia: la convicción de que no es responsable de sus males, aunque lo es. O de que las catástrofes son espontáneas. No, no lo son. Avisan ellas, a gritos. Pero nosotros ni por enterados. Pasará así con los cataclismos que asolarán el planeta, como el del cambio climático, y pasa con las lacras sociales que destruyen países como el nuestro. Trataré de explicarlo con dos ejemplos: Ecuador es una sociedad que no acepta estar enferma. Por ahí empieza su delirio: creer que no pasa nada, que los buenos son más que los malos o que todo irá mejor. Por arte de magia.
Primer ejemplo: ¿cómo podemos mejorar si seguimos haciendo lo mismo que no nos ha dado (y no podía darnos) buenos resultados? ¿Cómo hacerlo, si nos parece espantoso que nuestros adversarios mientan, roben, violen la ley, la ética, el sentido común, lo que sea, pero en cuanto lo hacen nuestros aliados el espanto se nos esfuma y la condena se nos atraganta? A algunos ni eso, pues han perdido tanto el norte que juegan el papel que mejor los define: el de porristas de la parodia. Hay muchos casos que ilustran mi teoría, pero suficiente con el sainete del adelanto de votaciones decretado por esa dependencia gubernamental llamada Consejo Nacional Electoral. “No tengo el artículo” (que faculta a adelantarlas), dijo uno de sus vocales. Y no importa: no hace falta cuando nos rige el descaro y no la ley. No somos democracia en construcción, más parecemos una monarquía medieval. Manda el rey, obedecen los lacayos.
Segundo ejemplo: ¿desde cuándo una sociedad se define sólo por el Gobierno que la administra? Ecuador aparenta ser un complejo tejido social, pero es un amasijo de gobernantes y electores. Allí acaba todo. Y si no hay gremios, cámaras, sindicatos, medios, partidos, entidades que luchen contra la metástasis (quizás porque son parte de ella y no el remedio) menos esperemos que existan ciudadanos comprometidos. Han desaparecido. Casi todos.
Una sociedad no muere de la noche a la mañana. Se envenena de a poquito, de a poquito se abandona. Y un día, de pronto, se suicida.