Rubén Montoya Vega | Agoniza la ayuda humanitaria
La agonía de la ayuda internacional no es un asunto de pobres. Esa sangría debe pararse porque es un problema de todos
Cuando a finales del 2025 el Comité Internacional de la Cruz Roja anunció el despido de 3.000 empleados, pensé que no habíamos medido bien la tragedia humanitaria que acarrearía el corte realizado por el presidente Donald Trump a la ayuda internacional. Hoy, las cifras globales reveladas durante el carnaval muestran cuánto daño han hecho el cierre de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid) y la narrativa antiayuda que los simpatizantes de Trump han regado por el mundo.
Dos ejemplos para visualizar el panorama: Save the Children International decidió el cierre de sus oficinas en varias sedes, incluyendo Sri Lanka, Liberia y Brasil. Y Mercy Corps suspenderá dos tercios de sus programas de asistencia; se trata de la emblemática ONG que ha entregado ayuda por más de 45 años, desde que empezó su andadura asistiendo a los desplazados por el genocidio camboyano liderado por Pol Pot.
Y la ONU no pudo, lamentablemente, ir en reversa: anunció también despidos masivos en ocho programas de asistencia, incluido uno que ha servido mucho en Latinoamérica, y en Ecuador por el conflicto de su frontera norte: la Agencia para los Refugiados (Acnur).
No se trata del despido de más de 31 mil trabajadores, en el 2025, y de los que se prevé en el presente. El tema no es (solo) el empleo de los funcionarios cooperantes, entre los cuales, sin duda, debe haber un puñado de burócratas dorados internacionales, sino de los millones de seres humanos que se beneficiaban de la ayuda: niños carenciados, mujeres indefensas, migrantes, refugiados en zonas de conflicto o fronteras cautivas por el narco, víctimas de guerras, pacientes en programas para combatir la malaria, el VIH, la desnutrición…
Un estudio publicado en la revista científica The Lancet proyecta que los recortes y cancelaciones en el sector de la ayuda provocarán más de 22 millones de muertes adicionales a las previstas de aquí al 2030. Es una catástrofe que competirá con la pandemia del COVID.
La agonía de la ayuda internacional no es un asunto de pobres. Esa sangría debe pararse porque es un problema de todos. Aunque no lo queramos ver.