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Rubén Montoya | No es la razón: es el poder

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Trump podrá ser el ejemplo más claro de uno de sus presidentes más irrespetuosos del derecho internacional

Si fuese por su raíz, “poder” es la capacidad de hacer algo. En su desarrollo conceptual, el significado se amplía: desde la Edad Media ha sido entendido como la facultad de influir sobre alguien, y se lo asocia a la fuerza y la autoridad. Por eso, en general, el que tiene poder se cree dueño. No debiera y no lo es, pero eso se cree, más allá de que su poder sea -o no- legítimo. Naturaleza humana.

La reciente invasión a Venezuela por parte de EE. UU., y los anuncios de actos similares en otras jurisdicciones, han puesto la mira en el jefe de las medidas, el presidente Donald Trump, porque ha reducido la ley a ceniza. Y si bien el personaje se comporta más como un pirómano emperador romano que como el lúcido líder de una democracia sólida, el problema no es él, sino la cultura imperial que anida en buena parte de ese país. Trump podrá ser el ejemplo más claro de uno de sus presidentes más irrespetuosos del derecho internacional, pero no es ni de lejos el primero.

No fue él quien se inventó un arsenal de armas químicas -que Sadam Hussein no tenía- para invadir Iraq en el 2003. Lo hizo George Walker Bush, estirando con cinismo la autorización que dio la ONU en 1990… para expulsar de Kuwait a las tropas invasoras iraquíes.

Ni fue él quien escaló la guerra en Vietnam (1964) y luego se metió en Camboya (1969): fue Lyndon Johnson. Ni fue quien invadió Granada (Ronald Reagan, 1983), o Panamá (George Bush padre, 1989). La lista es larga y empieza en 1801 con Thomas Jefferson, nada menos que uno de los padres fundadores. En varios casos el Senado no autorizó la invasión, pero la financió, y luego se hizo el loco con los detalles, como en la guerra con Corea del Norte (Harry S. Truman, 1950).

No es Trump: es el ansia de poder. Él estirará sus facultades hasta donde le dé la gana, sin fijarse en los límites, simplemente porque tiene hambre atrasada y porque así lo dicen sus antecedentes. El hombre que cree encarnar la verdad y piensa que la ley, el derecho, la moral y la historia son él, se dejará llevar en el último instante -el de las decisiones- no por la fuerza de la razón, sino por la sinrazón de la fuerza.