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Beatriz Bencomo | Potencial bruto

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Hoy sabemos más que cualquier generación anterior sobre cómo aprende un cerebro

Estos días el scroll es una emboscada. La red de Epstein, con alegaciones de canibalismo y todo. Jóvenes que se identifican como animales y muerden. Un gurú creativo de la IA renuncia y vaticina lo peor. Brechas que sugieren una manipulación bárbara de nuestra autonomía para pensar. Con semejantes truenos, ¿quién duerme? Y entre el estruendo, un carrusel con mil ‘likes’ sentencia: “Una generación no superó a la anterior en capacidad cognitiva”. Todo parece indicar que estamos involucionando. Pero, ¿y si estuviéramos involucionando y evolucionando a la vez?

El carrusel dice que la Gen Z es la primera en invertir la curva. Lo que no dice es que el declive es evidente desde antes. En Noruega, el CI descendió a partir de los nacidos en 1975. Y la caída no es uniforme. En América Latina, África y Asia el CI aún sube. Donde baja, no baja parejo: se están volviendo más asimétricos. Brillantes en unas cosas, abandonados en otras.

Cuidado con estigmatizar. Cada generación fue declarada la peor por la anterior. El patrón es tan viejo como la escritura. Lo que los datos muestran no es una generación deficiente. Es un desfase entre la velocidad con que cambió el entorno cognitivo y la lentitud con que responden las instituciones. La escuela sigue organizada como fábrica del siglo XIX. Los currículos premian la memorización en la era de Google. Los ‘tests’ miden habilidades que el mundo demanda menos e ignoran las que demanda más. Ante el Senado de EE.UU., un neurocientífico lo llamó “un experimento pedagógico fallido”. Treinta mil millones en pantallas escolares. Los puntajes bajaron. Pero la capacidad de aprender no.

Un cerebro que se entrena para la distracción también puede entrenarse para la profundidad. Lo que cayó no es la inteligencia. Es la manera en que decidimos medirla y cultivarla. Esta generación no es menos inteligente. Es, posiblemente, la de mayor potencial bruto de la historia. Y ahí es donde estamos fallando. No ellos. Nosotros.

Hoy sabemos más que cualquier generación anterior sobre cómo aprende un cerebro. Ese diagnóstico no es una condena. Es una ventaja. Aunque el espacio en papel se terminó, la conversación apenas empieza. Sigue en mis redes.