Rosa Torres Gorostiza | La extorsión acaba con el empleo
Cada local que baja sus puertas es un empleo menos, una familia más empujada a la precariedad
La preocupación se ha instalado como una sombra permanente en miles de hogares ecuatorianos, no solo por el miedo a salir a la calle, sino por la angustia de no tener cómo sostener a la familia. La inseguridad y la falta de empleo se retroalimentan en un círculo perverso que empuja al país hacia una crisis social cada vez más profunda.
Mientras el Gobierno proclama a los cuatro vientos sus esfuerzos contra el crimen organizado, la realidad desmiente un discurso oficial que no resulta palpable. La sensación de peligro no disminuye en las zonas más golpeadas por la violencia: los asesinatos continúan en calles, avenidas, parques y otros espacios públicos, y lo más grave es que entre las víctimas hay menores de edad que apenas comienzan a vivir. Esa normalización del horror erosiona cualquier intento de recuperación económica y social.
La extorsión, convertida en un impuesto criminal, ha alcanzado niveles impensables. Ya no se limita a pequeños comercios de barrios populares; hoy los extorsionadores llegan incluso a negocios ubicados en centros comerciales, espacios que antes se consideraban seguros. A ello se suma el avance del narcodelito, que demuestra su poder con hechos tan graves como la explosión de embarcaciones en las costas, dejando en evidencia la fragilidad del control estatal.
Esta espiral de violencia e incertidumbre destruye la tranquilidad y obliga a tomar decisiones dolorosas. Padres que pueden, sacan a sus hijos del país; quienes no, buscan colegios que consideran más seguros, cambian rutinas, reducen horarios o, en el peor de los casos, cierran sus negocios tras recibir amenazas. Cada local que baja sus puertas es un empleo menos, una familia más empujada a la precariedad, que ya ni siquiera confía en miembros de la Fuerza Pública, donde también existen casos de corrupción y defensores del crimen organizado.
Así, Ecuador no avanza hacia el progreso, sino hacia la pobreza y la descomposición social. El país que ve el oficialismo no es el que viven ni sienten las mayorías. Sin seguridad real no hay inversión; sin inversión no hay empleo; y sin empleo, el miedo termina gobernándolo todo.