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Viaje a Irán: dos posibilidades

Avatar del Roberto Aguilar

¿Para qué sirve el poder si no es para contemplar la cresta nevada del Damavand desde los ventanales del palacio de Golestán?

La verdad sobre el caso que a tantos ha escandalizado en estos días es, aunque no se haya dicho, tan simple que da flojera: resulta que a estas señoras (y a muchos señoros de su misma especie, también, pero las de esta historia son mujeres todas cuatro) nomás hay que ponerles un pasaje de avión y un hotel de cinco estrellas por delante, calcularles unos buenos viáticos y pintarles los honores, las adulaciones y las reverencias que les esperan en su calidad de delegadas oficiales. Y quizá los regalos, los costosos regalos con los cuales los patriarcas petroleros del Medio Oriente (esos sí patriarcas de verdad, en todo el sentido de la palabra) agasajan a sus visitantes de cierto rango. En Irán, por ejemplo. Todo eso junto, bien dispuesto y apilado sobre uno de los platillos de la balanza con la que sopesan todo el tiempo sus oportunidades de medrar en esta vida, que a eso y no a otra cosa se dedican, y en el otro platillo, sus principios: sus ruidosamente proclamados pero no por ello menos escuálidos principios. Tardarán menos tiempo en abjurar de todos ellos que en tener listas las maletas.

Para las correístas Marcela Holguín, Pamela Aguirre, Viviana Veloz y Johanna Ortiz, la perspectiva de ser tratadas como reinas en Teherán pesó más que su propia dignidad, si alguna tenían. Al fin y al cabo ¿para qué sirve el poder si no es para contemplar la cresta nevada del Damavand desde los ventanales del palacio de Golestán? ¿Para qué sirve si no es para formar parte de la exclusiva élite del jet y disfrutar de esos pequeños lujos vedados al común de los mortales? No para tomar decisiones que influyan en la vida de las personas, ciertamente: de eso se encarga el macho alfa. A ellas, simples soldados de la revolución, nomás les queda ajustarse al guión que se les impone desde arriba y “agarra lo que puedas”.

A no ser que...

La de Irán es una dictadura teocrática, misógina y patriarcal (esa sí misógina y patriarcal de verdad, en todo el sentido de las palabras), cuyos crímenes contra las mujeres no hace falta enumerar aquí porque son bien conocidos por todo el mundo, incluidas las cuatro legisladoras correístas de reciente adscripción a la élite del jet. Un buen día, esa autocracia asesina de mujeres organiza un “Congreso Internacional de Mujeres de Influencia” y cursa invitación a los partidos y movimientos amigos que tiene regados por el mundo. ¿Voy o no voy?, se habrán preguntado los cuatro angelitos que protagonizan esta nota. Como en el viejo chiste: si no vas, no pasa nada; si vas, hay dos posibilidades: o eres lo suficientemente tonta, tontísima, palurda para no entender que lo que está haciendo ese régimen sanguinario es lavarse la cara, y crees que tu participación en el tal congreso internacional puede marcar alguna diferencia o… O eres una rata y te das cuenta de todo y sabes que aceptar el viaje es hacerle el juego a esos tiranos pero simplemente agarras el pasaje, el hotel y los viáticos porque la vida es corta y los derechos de las mujeres, la lucha por la igualdad de género y la sororidad te valen un carajo, aunque vivas de ellas.

En este punto el autor de esta columna se congela ante el teclado de su computadora, sobrepasado por las dudas: ¿son tontas tontísimas o despreciables? Porque no hay, no puede haber otra posibilidad. Estamos ante un enigma mayor de la política ecuatoriana, extensible a tantas y tantas otras cuestiones de la máxima importancia. Juzgue el lector.