Columnas

La tragedia de los DD. HH.

El Ecuador ha llegado al punto en el que le tocará elegir entre un Petro y un Hernández, entre un Lula y un Bolsonaro, en fin: entre un delincuente y un tiranosaurio

El presidente de la República acaba de descubrir que la mejor manera de atenuar su impopularidad y desactivar las conspiraciones golpistas es convertirse en un Bukele. Él había tomado distancia del mandatario salvadoreño. Lo hizo expresamente en un discurso pronunciado en un acto castrense: “Muchos me dicen: ¿Y cuándo, presidente, usted emula a otros países donde los tiran al piso a comer polvo y piedra (se refería a los mafiosos presos que controlan las cárceles)? Para mí y para nuestro gobierno esas son violaciones a los derechos humanos”. No tuvieron que pasar dos meses para escucharlo decir, en un giro sorprendente de los acontecimientos, “cuidado con apelar a los derechos humanos para solapar la delincuencia”, mientras exhibía una foto de reclusos tirados al piso, comiendo polvo y piedra.

La opinión pública (vale usar esta generalización grosera en este caso porque la reacción fue masiva y aplastante) aplaudió la transformación del presidente y desafió a los defensores de los derechos humanos, y los continúa desafiando hasta la fecha, a que digan algo. Si se atreven. Los defensores de los derechos humanos, por supuesto (al menos los más ruidosos, los que se mueren si no tuitean, que son legión), saltaron en defensa… De sí mismos.

Finalmente ocurrió. Hemos llegado a ese punto que tanto temíamos algunos. El punto en el que tendremos que elegir entre un Petro y un Hernández, entre un Lula y un Bolsonaro, entre un delincuente y un tiranosaurio, en fin. A los delincuentes los tuvimos diez años gobernando y resulta que ahora, para oponerse a ellos (ese es el descubrimiento que acaba de hacer Guillermo Lasso), el país no acepta otra cosa que un tiranosaurio. ¿Qué nos trajo hasta aquí? Las mafias, por supuesto, y los políticos que las representan. Los apocalípticos dirán que esta polarización es un fenómeno global y que la culpa es de los algoritmos de las redes sociales. Puede ser. Pero antes de llegar tan lejos volvamos la mirada a los presuntos damnificados de esta historia: los defensores de los derechos humanos.

No es un secreto que muchos de ellos utilizan esos derechos para encubrir su militancia en grupos violentos y antidemocráticos (léase la Conaie de Leonidas Iza). Pero los supuestamente serios y creíbles, aquellos que tienen conexiones y aspiraciones en los organismos internacionales, no han denunciado esa utilización política ni han tomado distancia de los que trabajan para los violentos sino que, al contrario, los incluyen implícitamente en su defensa del gremio. Prevalidos de la superioridad moral que les confiere la universalidad de su causa, se abstienen de debatir las condiciones extraordinarias de un país en el que los violentos, ya sean las mafias o las organizaciones sociales, han llegado a sustituir al Estado en casos específicos y han cometido los peores crímenes y atropellos. ¿No ha violado los derechos humanos la Conaie cuando, ejerciendo el control de la movilidad en el país, aísla ciudades, las priva de servicios esenciales como el agua, las desabastece de alimentos y medicinas, bloquea ambulancias con enfermos? ¿Y qué han dicho los defensores? Ni a los muertos de esos bloqueos cuentan entre las víctimas. Así que todo el mundo a asumir sus culpas. Porque el desprestigio de la causa de los derechos humanos es una tragedia nacional. Y sus defensores, los primeros responsables.