El ratero y sus cómplices

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El ratero y sus cómplices

Ojalá esto sirva para entender de una vez por todas que a los representantes de esas mafias políticas no queda sino aislarlos y denunciarlos. A todos, todo el tiempo. Sin concesiones

Indignación correísta por la vigilancia policial a Jorge Glas. Ayer comparecieron a la Comisión de Fiscalización de la Asamblea el director de las cárceles, el ministro de Gobierno y el ministro del Interior a rendir cuentas sobre la sospechosa liberación por ilegítimo ‘habeas corpus’ del mayor de los rateros (bueno, el segundo más grande), y los asambleístas de la banda delincuencial (la nomenclatura es de los jueces) pasaron al ataque. Que por qué mejor no destinan esos policías a perseguir a Don Naza, preguntó el chispeante tigre de la Zona Rosa, Roberto Cuero; que cuánto están gastando en semejante operativo, quiso saber la ahorradora de bagatelas Gabriela Molina; que semejante intromisión en la vida de un ciudadano es “amenaza, intimidación, delito de odio”, acusó el jurisconsulto de los confundidos Ferdinan Álvarez. En fin, que les parece el colmo. ¡Vigilar a Jorgito! ¡Cómo así, si es un angelito!

Semejante reacción, por delirante que sea, no sorprende a nadie. ¿Qué más podían hacer estos señores, sino regodearse en su miseria moral? Lo terrible fue lo que causaron con sus bravuconadas. En efecto, los representantes del Gobierno se sintieron achicopalados, lo cual envalentonó a los otros. Quisieron los ministros explicarse, pero no hallaron palabras. El de Gobierno, Francisco Jiménez, en consonancia con su personalidad, echó mano de la más tibia que se le puede ocurrir a nadie: contingencia. Dijo que Glas estaba siendo vigilado porque el exvicepresidente representa una contingencia en la sociedad.

No, señor ministro. Glas no es una contingencia: Glas es un podrido ladrón. Es necesario vigilarlo porque muchos de sus cómplices, miembros de la banda delincuencial que operó desde Carondelet durante el gobierno del mafioso Rafael Correa, incluido el propio jefe, ya se dieron a la fuga y hoy se encuentran prófugos: abandonaron el país por la frontera, dejaron el grillete de vigilancia electrónica botado en la charca de una quebrada, se refugiaron en la embajada de un país amigo de ladrones, que por desgracia hay muchos… En fin: huyeron. Y Glas podría hacer lo mismo. Es necesario vigilarlo, cueste lo que cueste el correspondiente operativo, porque cualquier gasto será poco en comparación de lo que se puede recuperar con el solo hecho de impedir su fuga. ¿No debe 13 millones al Estado? ¿Acaso nadie se toma en serio la obligación de cobrárselos?

El ministro de Gobierno, por supuesto, jamás pronunciará estas palabras. El ministro de Gobierno es una sopa tibia y desabrida que se mueve entre conspiradores y rateros con melifluos ademanes, cuidándose de no incordiarlos u ofenderlos. Es incapaz de hablar de frente y llamar a las cosas por su nombre. Es irreductible a la verdad. Con personajes como él no es de extrañar que los otros se le trepen al Gobierno (a este y al que se ponga por delante), impongan sus absurdas narrativas, por reñidas con los hechos que estas sean, se posicionen como víctimas y perseguidos.

Si tan tibios son a la hora de justificar la necesidad de vigilar al exvicepresidente ratero, ¿cómo se pondrán cuando les toque volver a detenerlo? Este es el resultado de la pusilanimidad con que la mafia correísta fue tratada por los que se suponían defensores de la democracia. Que hay que convivir con ellos, decían. ¡Cómo! ¿Con los rateros? ¿Con los golpistas? Ojalá esto sirva para entender de una vez por todas que a los representantes de esas mafias políticas no queda sino aislarlos y denunciarlos. A todos, todo el tiempo. Sin concesiones.