Columnas

Loyo y la farsa de la meritocracia

'Retórica obtusa, fuegos de artificio, paja, aire. Nada'.

Luis Loyo y Esthela Acero… Oírlos hablar; tratar de interpretar sus medias frases, sus horrores de concordancia, sus estructuras gramaticales que arrancan de manera enfática y no conducen a ningún lado. Más aún: hacerse entender por ellos. Plantearles una construcción verbal de oraciones subordinadas y darse cuenta, por las divagaciones que se obtienen por respuesta, que su significado se les escapa; ponerles por delante un conjunto de tres, cuatro preguntas y comprobar que son incapaces de llegar hasta la última o remontarse a la primera.

Siempre existieron estos personajes cantinflescos. El desastroso sistema educativo ecuatoriano los arroja a la sociedad por miles. Pero no era normal verlos en los círculos más altos del poder. No era normal verlos agitando sus títulos doctorales y sus posgrados, sus pehachedés y sus masterados, sus abultados currículos y sus laureles. 

Loyo: dos veces vocal del Consejo Nacional Electoral y director de Procesos Electorales antes de terminar con sus huesos en la cárcel por tráfico de influencias. Acero: asambleísta por Pichincha, presidenta de la Mesa de Agricultura del Parlatino, como orgullosamente consta en su propia entrada de la Wikipedia, y madrina de Loyo en el CNE. ¿En qué momento el servicio público se llenó de personajes de esta naturaleza?

Acero y Loyo: el cura Tuárez y las tres cuartas partes de aspirantes al Consejo de Participación Ciudadana; decenas de asambleístas de todas las provincias: Silvia Salgado, Jaime Olivo, ¡Gabriela Rivadeneira!... Incapaces de articular una frase con otra sin producir un pantano de significados inciertos. Sobre esa indeterminación, precisamente, construyen su poder. Esa indeterminación hace impracticable el debate razonado de ideas y lo reduce todo a un puñado de consignas, de clichés, de frases hechas. Esa indeterminación, en el caso de todos los nombrados, ES el poder

Gracias a ella, Luis Loyo se da el lujo de impartir lecciones de ética y de derecho a los asambleístas que lo interrogan en la Comisión de Fiscalización. “Me extraña su desconocimiento del derecho”, dice desde la cárcel donde cumple sentencia por ratero y por corrupto. “Así es la política -teoriza-, hay que saberla trabajar. Trabajemos con transparencia”. Y el oficialista Fausto Terán, que no proviene de una tendencia intelectual significativamente distinta a pesar de las diferencias indumentarias (Loyo de bividí, él de terno y corbata) responde: “Nos guste o no nos guste, sean del partido o no sean del partido, para eso estamos”. 

Luis Loyo y Esthela Acero son el rostro verdadero de la meritocracia correísta, esa farsa monumental que se justificó a sí misma en su hipertrofia de títulos y supusetos logros académicos, insustanciales o falsos.

Roberto Aguilar

Retórica obtusa, fuegos de artificio, paja, aire. Nada

He ahí el rostro verdadero de la meritocracia correísta, esa farsa monumental que se justificó a sí misma en su hipertrofia de títulos y supuestos logros académicos: desde los doctorados honoris causa del jefe de la mafia, palanqueados vergonzosamente por el servicio diplomático en universidades de segunda y tercera categoría, hasta los posgrados de Luis Loyo y Esthela Acero, pasando por el título falsificado del primo del presidente, la tesis plagiada del delincuente del vicepresidente, el título forjado del funcionario prófugo (y de su hermano, y de su padre, y de su madre…).

Un abismo se abre en el debate nacional y amenaza con tragarse el servicio público y la actividad política: un abismo de lenguaje. Por prurito de corrección política, nadie lo denuncia. Se convive con él, como si fuera un mal menor. Nadie parece tener los arrestos de admitir que ese mal menor se tomó, hace rato, los intersticios del poder.