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Iza lo admite: es un golpista

En un video puesto a circular en redes, la ministra María Paula Romo hasta se enorgullece de semejante tolerancia democrática.

El libro Estallido, firmado por Leonidas Iza y dos intelectuales orgánicos del mariateguismo ecuatoriano que aportaron, puede uno suponer, la difusa batería teórica conceptual ahí presente y de la que el dirigente indígena carece a todas luces, viene a confirmar lo que el Ecuador ya sabía: que el levantamiento de octubre del año pasado fue un proyecto de naturaleza profundamente antidemocrática. ¿Cuál es la novedad? El hecho de que lo digan ellos. Tanto se criticó, durante un año, a quienes lo denunciamos desde el primer día, para que vengan ahora y lo confirmen.

“Estallido” (basta con hojearlo para darse cuenta) es un amasijo ideológico que conjuga una trasnochada poética de barricada con una intrincada pero sorprendentemente elemental recapitulación de economía política marxista clásica aderezada con teoría de las identidades y profusión de polisílabos, mampostería palabrera y postureo puro y duro. Un barniz de ciencias sociales en versión materialismo histórico que no logra encubrir el presupuesto central del libro: la creación de una mitología de la rebelión violenta. Los secuestros, los saqueos, las quemas de edificios, el boicot a infraestructura pública, la aplicación de la fuerza contra la población civil, el uso de armas artesanales y estrategias militares, todo eso que ocurrió hace un año fue, para los autores, insuficiente. “Esta hazaña -dicen ellos- dista aún de alcanzar el fondo de la necesaria radicalidad del verso-subversivo. No fue aún la Revolución”.

La revolución. El siglo XX, escribió el filósofo izquierdista Jean Daniel a principios del XXI, debió enseñarnos a desconfiar de todas las revoluciones. Obvio: no hubo una en todo el siglo, desde la rusa hasta la nicaragüense, pasando por la cubana y la iraní, que no se cebara con crímenes y atropellos a la libertad. Ni una. Y ahí es, precisamente, donde quieren insistir Iza y sus amigos. Lo que proponen, si uno lee con atención y se los toma en serio, es una auténtica masacre. ¿No lo creen?

No solo aspiran a levantarse en armas contra la democracia, que para ellos es un sistema burgués al servicio de la clase dominante, sino contra la historia y la cultura a nombre de una historia y una cultura propias que consideran las legítimas. Quieren acabar en toda América con lo que llaman “Repúblicas blancas, castellano-hablantes, citadinas, pulcras y burguesas, verdaderos esqueletos estatales construidos de cara a Europa”. Más que antidemocráticos, los mariateguistas son antioccidentales y proponen una revolución cultural que haría palidecer de envidia a la de la China de Mao. Todo con “la necesaria radicalidad del verso-subversivo”. En resumen: a sangre y fuego.

El problema con los movimientos antidemocráticos es que ponen a la democracia ante una paradoja insoluble: reclaman un derecho de participación política que el sistema democrático no puede negarles sin violentar sus propios principios. Es decir: utilizan los principios de la democracia para acabar con ella. ¿No siguen libres, sin siquiera haber sido llevados ante los jueces, todos aquellos que en octubre del año pasado quisieron echarla abajo? En un video puesto a circular en redes, la ministra María Paula Romo hasta se enorgullece de semejante tolerancia democrática.