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Rafael Oyarte | Política y economía

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El sol peruano ni se mosquea por lo que pasa, siendo una de las monedas más estables del mundo

No me voy a referir a la corrección o no de las causas y del modo como en Perú se aparta del cargo a sus jefes de Estado, pero, si eso ocurriese en Ecuador, nuestra economía estaría más que hundida. Hay que recordar cómo, en el siglo pasado, cualquier torpeza presidencial se reflejaba, de inmediato, en la cotización del dólar. No se diga cuando pasábamos de las meras declaraciones inconsecuentes de un presidente o de algún importante funcionario, a los hechos, con la toma de decisiones inconsultas: la economía sufría un remezón que todos sentíamos y sufríamos. Una de las paradojas de la dolarización fue esa: las tonterías desde el poder no producen esa consecuencia inmediata, por lo que la incontinencia verbal o las decisiones ideologizadas no son soportadas, aparentemente, por la ciudadanía. Y digo que eso es solo una apariencia, porque en lo mediato sí lo podemos ver, comenzando por una inversión extranjera prácticamente nula (si usted no confía en su sistema judicial y en sus instituciones políticas, por qué habría de hacerlo un inversionista afuereño).

Entonces, causa sorpresa que en Perú puedan elegir como presidentes, incluso, a gente notoriamente iletrada o que puedan sucederlos, una vez ‘vacados’ o ‘censurados’, por individuos casi impresentables y que su economía ni se inmute. El sol peruano ni se mosquea por lo que pasa, siendo una de las monedas más estables del mundo. La inversión extranjera sigue llegando y los negocios continúan funcionando, mientras el Palacio de Pizarro está anegado. Pues no es porque tenga, simplemente, el favor divino. La cuestión es que, luego de la larga historia de penurias económicas del Perú, coronadas por la hiperinflación de los años 80, se cambió toda la estructura económica en la Constitución del 93, apartando los temas relativos a inversiones, moneda, producción, capital, banca, etcétera, de las garras de la política (o de los políticos), haciendo que ambas cosas circulen por vías absolutamente distintas. Si algún acierto ha tenido el político peruano es respetar esa frontera, hasta ahora. Nosotros, en cambio, creemos que el Estado, manejado por políticos, debe meter sus manos y decidir sobre la economía, lo que se consagra en nuestra Constitución bajo el eufemismo del “buen vivir”. He ahí el resultado.