Columnas

Al viejo estilo

"Cuando hay dos monedas, las personas se deshacen de la de menor valor. No se equivoquen, la gente no es tonta"

Hace pocos días un candidato a la Presidencia indicó que en virtud de las rigideces que presentaba la dolarización, con el ánimo de reactivar la economía buscaría la creación de moneda electrónica.

¿De pronto se crea una gran cantidad dinero sin afectar a nadie? En los países con moneda de propia emisión, el efecto inmediato es inflación, salvo que el nivel de reservas internacionales sea de igual tamaño, en cuyo caso la inflación se aplacaría con importaciones. En una economía dolarizada se produciría un fenómeno que se llama Ley de Gresham. En el instante en que aparecen dos monedas simultáneamente, los dólares reales y los ficticios creados electrónicamente sin ningún respaldo de reservas líquidas, la moneda mala (los dólares electrónicos) expulsan a la moneda buena. Un ejemplo: si usted recibe en pago de 2 dólares, 1 con un billete verde de los legítimos y 1 con un “patacón electrónico”, usted se guarda el legítimo y usa el electrónico para pagar. Se trata de deshacerse lo antes posible del patacón electrónico, porque lo percibe de menor calidad.

Cuando se dice que la moneda mala expulsa a la moneda buena, es porque las personas guardaron las buenas para mantenerlas en reserva y buscan usar las malas hasta que se les acaben.

La esencia de la confianza en el sistema financiero, por el lado de los depósitos, es que las personas perciben -y hasta ahora gracias a la dolarización sana pasa eso en el Ecuador- que los dólares en sus manos, en billetes, tienen el mismo valor que sus dólares depositados en un banco. Si alguien busca alterar esta percepción introduciendo una nueva moneda de menor calidad, expone al país a que los depositantes quieran transformar los depósitos en especies monetarias (billetes), lo cual sería catastrófico.

Por favor no jueguen con un modelo (la dolarización) que nos ha defendido del caos que significa la demagogia monetaria al estilo venezolano. ¿Queremos prosperar? Alentemos las exportaciones, demos confianza a la inversión local y extranjera, y ordenémonos fiscalmente.

Al viejo estilo: solo en el diccionario, bienestar está antes que trabajo.