Premium

Paul E. Palacios | Otra vez las ventanas

Avatar del Paúl Palacios

Debe ser la sociedad quien les cierre el paso para que su sucio dinero no valga donde ellos quieren lucirlo

He escrito en esta columna antes sobre la ‘Teoría de las ventanas rotas’, fundamentalmente asociándola con prácticas en gestión de empresas. No obstante, como sabemos, tal teoría surgió a partir de experimentos sobre criminalística desarrollados por el psicólogo estadounidense Philip Zimbardo en 1969. Luego el concepto se hizo famoso de la mano del alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, para el control del crimen, partiendo de las felonías cotidianas, reprimiéndolas con energía.

La conclusión científica es que la percepción en la gente de que algo está abandonado y que a nadie le importa lo que pase con ese algo, conduce a la comunidad a aceptar los comportamientos socialmente equivocados como naturales. En resumen, si no se para a raya la primera vez una transgresión, cuesta mucho pararlo luego.

Con los sucesos criminales ocurridos en Samborondón días atrás, y el destape de variadas acusaciones de personas vinculadas a actividades dudosas, me pregunto cómo así a estas alturas la sociedad se rasga las vestiduras. ¿El jovenzuelo manejando un carro de $3 00.000? ¿La niña volando en primera sin trabajo fijo y bandereándose en viajes con lujos asiáticos? ¿El ‘empresario’ destapando champán en un restaurante con banda de pueblo? ¿El vulgar nuevo rico de plata oscura fanfarroneando al comer langosta y pidiéndole al metre un martillo de cangrejos? Si se les escaparon a sus padres en el primer lápiz que se robaron en el kínder, son las autoridades quienes deberían hacerlos veranear en prisión por la primera ventana que rompieron. Pero si se le pasan a la justicia, donde seguramente hay no pocos cómplices, debe ser la sociedad quien les cierre el paso para que su sucio dinero no valga donde ellos quieren lucirlo.

Si las cámaras de la producción no expulsan indeseables, los clubes no impiden su acceso, los barrios no denuncian a los narcos del vecindario, no se lamenten después cuando la memoria de sus padres se manche, cuando sus hijas lleven arrabaleros a que se sienten en la mesa, o un hijo desprecie su casa llevando a una fulana que debería estar ejerciendo en la calle Salinas.