Columnas

Distorsiones en el servicio público

El servicio público como conjunto de actividades de un Estado requiere un cambio de 180 grados a nivel nacional, seccional, en entidades públicas autónomas. 

En la profunda crisis que vive el Ecuador, también se ha distorsionado la labor del funcionario público, que lejos de sentir el honroso placer de servir a la sociedad, piensa que es dueño del cargo que desempeña, olvidando que su principal obligación es atender a los ciudadanos, dando respuesta oportuna y responsable a sus peticiones dentro de sus atribuciones legales.

Si algo motivó históricamente a los seres humanos en su lucha por ser libres, fue terminar con la pretensión de quienes ostentando el poder, que creen que el país les pertenece. El Estado como medio de organización social se constituye para que sus asociados puedan convivir pacíficamente, estableciendo derechos y deberes individuales o colectivos. Lo que sí corresponde a quienes lo gobiernan o administran es proveer a los habitantes de servicios públicos de buena calidad y al menor costo posible.

El nuevo gobierno debe enfrentar como una de sus tareas prioritarias restaurar aquella mística que caracterizó tradicionalmente al auténtico servidor público, que revestido de ética y ecuanimidad, generaba confianza y aprecio en la ciudadanía. Actualmente se han trastocado valores y conceptos. El funcionario que es un mandatario, cree que puede tomar decisiones según su punto de vista o de acuerdo a sus intereses, desconociendo que el mandante es el ciudadano; aquello le impone no abusar de sus facultades, ni vulnerar garantías fundamentales de las personas.

El servicio público como conjunto de actividades de un Estado requiere un cambio de 180 grados a nivel nacional, seccional, en entidades públicas autónomas.

Hay que abolir el criterio de dignatarios de funciones públicas preocupados por obtener réditos políticos, por una gestión cuya finalidad sea facilitar las actividades de los habitantes del país. No se puede continuar buscando gravar al ciudadano con tasas o impuestos y aparecer “dadivosos” con el dinero de los contribuyentes. Es imperativo un cambio que elimine aquella actitud nociva para la democracia, de creer que somos solo titulares de derechos pero no sujetos de obligaciones; sustituir el yo por un nosotros.