Columnas

Del discurso a la acción

La gran mayoría no aspira a la opulencia, les es suficiente llevar una vida digna y poder subsistir, aunque crecen las angustias económicas...

El discurso hablado (el escrito es más preciso) se presta para hacer promesas que después se incumplen. Igualmente, con palabras se pueden lanzar críticas que no siempre responden a la realidad de los hechos. Nada reemplaza a la acción. En la obra cumbre de la literatura hispana, El Quijote, Miguel de Cervantes acuñó la frase: “del dicho al hecho hay mucho trecho”. Un proverbio bíblico advierte: “por sus obras los conocerás”, refiriéndose no a las obras materiales que la clase política es tan pródiga en reivindicar, sino a los actos y proceder de las personas.

Lo importante no es decir qué hacer, sino saber cómo hacerlo y hacerlo bien y honestamente. El país tiene mucha expectativa en el gobierno de Guillermo Lasso, lo asume como un gobernante que garantiza la vigencia del régimen democrático en circunstancias en las que hay una fuerte tendencia en América Latina por apostar a gobiernos totalitarios, que sacrifican la libertad e incluso el bienestar individual y familiar de los habitantes, como sucede en Venezuela. Hay voces que estiman que el gobierno debe dar señales más concretas de cómo contrarrestará en la práctica los multiplicados y urgentes problemas macros o micros que tiene el país. Ha tomado decisiones relacionadas con comercio exterior, eliminando aranceles; en el ámbito petrolero, incentivando una mayor participación privada en las fases de exploración, explotación o comercialización de este recurso natural. Es clara su tendencia de apertura comercial sin restricciones hacia el mundo. Junto con universidades y empresa privada avanza a buen ritmo la vacunación anti-COVID.

El reconocido escritor y rector de la Universidad de Salamanca, Miguel de Unamuno, sostenía: “largo y estéril es el árbol de las teorías, ancho y frondoso el de la acción práctica”. Humanamente todos aspiran que sus problemas o necesidades se atiendan o al menos sean objeto de preocupación. La gran mayoría no aspira a la opulencia, les es suficiente llevar una vida digna y poder subsistir, aunque crecen las angustias económicas, la inseguridad jurídica, la descomposición moral, que ha penetrado amplios sectores del país.