Columnas

El poder que mata

"Educarnos de otra forma es sin duda la salida posible a esta maldición"

A pesar de ser la única certeza que tenemos en el transcurso de nuestra vida, no podemos lidiar con la muerte. Cuando visita a nuestra familia o amigos es imposible no experimentar sentimientos encontrados, vulnerabilidad, angustias y rabia.

El ser humano no acepta que no es eterno. No acepta el tiempo ni la incertidumbre. Queremos detener el tiempo a toda costa y, como ejemplo, tenemos trabajando sin parar a ese maridaje entre la industria de maquillaje y estética quirúrgica para que nos vendan la sensación de que no envejeceremos; empujamos la muerte más allá.

Tal vez por ello el poder siempre hará claudicar a la mayoría de la gente, porque desde ahí, independientemente del tipo de poder que sea, la sensación de controlar todo y a otros permite oler a eternidad.

Sin embargo, el poder para satisfacer esa estéril zona interior solo tiene dos finales : la cárcel o el cementerio. Lo sabemos, hartos ejemplos próximos y antiguos en nuestra historia tenemos como muestra de esa perdición, pero aún así hay gente que es capaz de cualquier cosa para tener sus quince minutos de poder.

Quizá nos haga bien usar al poder para servir a otros. Quién sabe si de esa forma nos escapamos de perder la vida o la razón por ese veneno.

Esta pandemia nos deja esa lección y creo que la próxima, en caso de aprenderla bien, será más espantosa de lo que hemos experimentado hasta hoy.

El nombre de nuestro país ha sido parte de la primera plana del New York Times titulando la corrupción de la región. La autora del reportaje nos dijo que la frase “conducta inmoral” es la que recuerda de su trabajo de investigación.

De alguna forma se va muriendo el nombre de Ecuador en la mente de las personas, se desmorona el trabajo hecho por buenos funcionarios y el empeño de la sociedad en su calidad de trabajo y en turismo. Y ahí queda el Ecuador, agonizando en la lista de lo feo del continente, que se fracturó porque el poder infectó a un puñado más. Educarnos de otra forma es sin duda la salida posible a esta maldición.