Columnas

No aflojemos

'Llegó también para que tengamos claro quiénes nos importan y a quiénes protegemos’.

Mientras les escribo, el Covid-19 está llegando al medio millón de afectados en el mundo; en Ecuador, sigue su carrera para llegar a los seis mil infectados, número que los epidemiólogos calculan que serían los contagiados. Si es que somos disciplinados tendríamos aproximadamente trescientos conciudadanos que llegarían a situaciones de gravedad. No aflojemos la cuarentena.

Muchos paradigmas preconcebidos a lo largo de nuestra vida se acaban de borrar como por arte de magia. Un minúsculo virus saltarín viene creando caos de país a país, de ciudad a ciudad, de barrio a barrio y de cuerpo a cuerpo. Sigue sus propias métricas y su propia estrategia, por ejemplo, siempre se dijo que los bebés y los niños eran los más frágiles y el Covid-19 decidió no afectarlos y en su ruta de la muerte, prefiere atacar a los que supuestamente ya han derrotado a cientos de otros virus y que deberían haber madurado sus sistemas inmunológicos.

Pero parece que llegó para muchas otras cosas más y eliminó cientos de certezas. Resultó ser que sí podemos vivir sin fútbol, sin jugar tenis, sin ir al ‘gym’, sin ir de compras; que podemos trabajar desde casa, que Venecia sí podía sobrevivir sin su carnaval, que los cruceros no son siempre la opción de vacacionar, que una noche en Broadway la podemos armar en nuestra propia casa, que las aplicaciones digitales por plataforma son excelentes soluciones y me imagino que cada uno de ustedes tiene muchos cambios que han experimentado en estos días. En lo económico, ¿se imaginaron que el FMI o el Banco Mundial armarían fondos inmensos para enfrentar esta pandemia?, ¿o que dieran instrucciones de renegociar las deudas bilaterales con los países pobres?

Llegó también para que tengamos claro quiénes nos importan y a quiénes protegemos, y así podamos reeditar nuestros errores de acuerdo con esa nueva realidad. Estamos heridos, pero no muertos, y la vida nos propone hoy además encontrarnos a nosotros mismos y reformarnos. Es como que la vida nos estuviese entregando un cheque en blanco, para escribirlo desde el silencio de nuestro yo, desde el silencio de cuatro paredes. Que valga la pena sobrevivir.