Columnas

México, Venezuela y el coronavirus

'Ojalá que la sensatez persista, aunque vemos casi imposible que estas soluciones se lleguen a dar'.

Andrés Manuel López Obrador inició su vida política en el PRI y luego formó su propio partido con el cual alcanzó la Alcaldía de la Capital Federal, y tras dos intentos ganó la presidencia de su país. Hasta ahora no ha tenido mucho éxito en las medidas tomadas para enfrentar el coronavirus, pero mantiene su popularidad. Su posición es que el coronavirus no impide abrazar. Dijo: “Hay que abrazarse. No pasa nada”. Cruzó los brazos frente al pecho y se abrazó, en un gesto característico que usa a manera de abrazo al pueblo mexicano.

Mientras el brote del virus se declaraba pandemia y las naciones anunciaban cuarentenas obligatorias, cancelaban los vuelos y cerraban las fronteras, López Obrador fue criticado por manejar la crisis de manera distinta. Pese a los ataques recibidos no se ha desdicho y, el 14 de marzo publicó un video en el que aparece ante sus seguidores en un gran mitin en el estado de Guerrero.

En sus índices de infección por coronavirus México está bajo, pero los casos aumentan de manera preocupante. El Gobierno no ha tomado medidas drásticas ni en cuanto a los viajes ni en cuanto al trabajo.

López Obrador continúa haciendo comentarios frívolos sobre el virus. En una conferencia de prensa sacó unos amuletos que dice que lo protegen y continúa asistiendo a mítines. Por otro lado, se han estado controlando los casos importados y poniendo a esas personas en cuarentena, se ha preparado los hospitales y reforzado las medidas preventivas, como el cierre de escuelas y el pedido para que la gente se quede en casa. El 20 de marzo, México empezó una campaña de distanciamiento social, con el mensaje de que no hay que saludarse con besos y abrazos, y la apoyó con comerciales en los que se mostraba a una superheroína, Susana Distancia, un juego de palabras que hacen referencia a mantener una “distancia sana” entre las personas.

Muchos padres dejaron de llevar a sus hijos a la escuela antes de las vacaciones, algunas empresas instaron a sus empleados a trabajar desde casa y algunos gobiernos locales tomaron medidas más estrictas. La jefa de gobierno de Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, cerró cines, teatros, museos, gimnasios y bares.

El abrazo es el símbolo perfecto del populismo de López Obrador; aparece como un hombre cálido del pueblo en contraste con los fríos tecnócratas de la que llama “la mafia del poder”. Su lema para tratar de poner fin a la guerra contra las drogas en el país es “abrazos, no balazos”.

López Obrador afirma que su presidencia es una época histórica en México, a la que llama la “Cuarta Transformación”, después de la Independencia del país de España, la Reforma liberal y la Revolución. Ahora necesita usar ese liderazgo para atender la crisis. Repite que ama a su pueblo y quiere abrazarlo, pero ese abrazo necesita ser uno que haga todo lo posible para reducir al máximo el daño de la pandemia.

El caso de Venezuela. El coronavirus está atacando en casi todos los países del mundo. Pocos son los que se salvan hasta este momento. Los países más ricos han puesto en cuarentena a ciudades y regiones enteras, y están dando más recursos a sus sistemas de salud. Y pese a estas medidas no logran contener el virus.

¿Qué esperanza queda para Venezuela, que ya estaba en crisis antes del coronavirus?  Lleva diez años viviendo una crisis política, y poco más de un año con dos presidentes: Nicolás Maduro, designado por el ya fallecido líder socialista Hugo Chávez, y Juan Guaidó, líder de la Asamblea Nacional y reconocido como presidente encargado por más de medio centenar de naciones. No es lo único que está dividido en Venezuela: en todos los aspectos del diario vivir está polarizada entre chavistas y opositores. Para conciliar a los dos bandos se ha intentado empezar varias negociaciones conformadas por exmandatarios y personajes políticos reconocidos, pero todos ellos han fracasado.

Esa radicalización podría amenazar la salud y vida de aproximadamente 26 millones de venezolanos que quedan luego de que casi 6 millones de personas han abandonado su patria para refugiarse en países vecinos. Frente a semejante emergencia, como es la presencia de la pandemia, se hace necesaria como única fórmula suspender la confrontación y actuar unidos. No hacerlo podría comprometer la lucha contra el coronavirus en un país especialmente vulnerable, ya que se calcula que el 80 % de los hogares están mal alimentado y el sistema de salud está deteriorado.

Distinguidos médicos venezolanos que aún quedan en el país expresan que es hora de dejar a un lado la politización que impregna todas las áreas del Estado. Piden una tregua temporal para darle autoridad plena a un grupo de profesionales de salud que puedan diseñar y dirigir un plan de manejo de la crisis. Y no descartan, por último, que Maduro y Guaidó podrían hacer juntos una solicitud urgente a los organismos multilaterales para pedir y coordinar asistencia humanitaria. Solo así podrán impedir la hecatombe que puede llegar a Venezuela.

Ojalá que la sensatez persista, aunque vemos casi imposible que estas soluciones se lleguen a dar.