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Juan Carlos Holguín | El mundo sin Maduro ya es mejor

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Podría venir un efecto dominó sobre otras dictaduras y eso será bueno para la democracia

La justicia poética es un recurso literario que consiste en que los malos consigan su justo castigo y los buenos su justa recompensa. Por ejemplo, un terrorista al que le explota su propia bomba o un juez corrupto que termina en el banquillo de los acusados.

Una de las reacciones que más me conmovió tras la detención del narcodictador Maduro por parte de fuerzas militares estadounidenses fue la de un opositor venezolano que al verlo caminar esposado y escoltado por las dependencias de las instituciones americanas, decía: “así mismo me hiciste caminar por El Helicoide, con la diferencia que ahí no me ayudaban; me torturaban mientras caminaba y me arrastraban por el piso como un animal”. Por eso ver a Maduro enfrentando a la justicia norteamericana es justicia poética. La tiranía venezolana ha hecho mucho daño a su propio país, a la región y al mundo: más de ocho millones de ciudadanos abandonaron su país y buscaron suerte en destinos desconocidos. La legalización de mafias internas y exportación de delincuencia, como parte del plan de desestabilización regional es otro ejemplo de los daños.

A fines de los 90, Hugo Chávez aprovechó la crisis institucional y política del país, y utilizó a la democracia representativa para llegar al poder con promesas de una refundación nacional. El ciclo que inauguró llevó al poder a Evo Morales en Bolivia y a Rafael Correa en Ecuador. En los tres casos había un manual de acciones concretas, disfrazadas de ‘ideología de izquierda’ moderna: el Socialismo del Siglo XXI (SSXXI). De todos los experimentos liderados por Chávez, a los que se sumaron, con matices, Honduras, Brasil o Argentina, el único que permanecía era la narcodictadura de Maduro, junto al proceso casi irreversible de Nicaragua o Cuba.

Salir de una dictadura es difícil. Salir de una narcodictadura lo es más. El régimen chavista siempre se apoyó en organizaciones paralelas no-estatales, colectivos motorizados, paramilitares, bandas delictivas en las prisiones o crimen organizado. Por eso la extracción de Maduro de Venezuela es una de las acciones de seguridad más importantes de los últimos años. Pese a tener un sabor amargo al ver al resto de la cúpula chavista aún en el poder, apresar a la cabeza es la mejor señal de que un proceso de transición está en marcha. Ver a Delcy Rodríguez en control del Estado de facto enviando un mensaje en inglés con su disposición a entablar diálogo con el gobierno de Trump, es muestra de que hay un proceso de rendición.

¿Qué viene ahora? Decía el politólogo argentino Guillermo O’Donnell que las transiciones de los autoritarismos tienen fases: apertura y socavamiento del regimen autoritario; negociación (y renegociación de pactos); resurección de la sociedad civil; y convocatoria a elecciones e incitación a los partidos políticos. Hoy estamos en la primera: debilitar a la narcodictadura. Vendrán rompimientos internos inmediatos mientras se da la negociación. En paralelo, la oposición se fortalecerá para construir una transición democrática adecuada, con la comunidad internacional siguiendo de cerca el proceso. Hay que presionar para que la fase de convocatoria electoral sea lo más pronto posible, una vez estabilizado el país en las siguientes semanas.

Con Maduro fuera del poder, hoy el mundo es mejor. Podría venir un efecto dominó sobre otras dictaduras y eso será bueno para la democracia. Para Ecuador, la transición iniciada por Lenín Moreno significó una ventaja inesperada y aún tenemos tiempo por delante para terminar de enterrar a quienes juraron la bandera del SSXXI por sobre la de nuestra patria.