Columnas

Angustia y esperanza

El amor que sienten por la colectividad de los suyos, que son todos, solo es comparable a la inminencia del peligro, pero a diferencia de este...

La psicología aconseja afrontar la soledad de los años con alegría. Pero cuando a ese momento vital se añade la presencia amenazante de la muerte, la predisposición a la alegría desaparece y en su lugar se ubica la tristeza. Así, soledad y tristeza conviven en un drama en el que se pierde la noción de las horas, la racionalidad del día y el arribo tranquilizador de la noche.

Se trata de una violenta sacudida para quienes empezamos a caminar por el sendero final, por el que pensábamos transitar acompañados del abrazo de los hijos, de las ocurrencias de los nietos, de la sonrisa complaciente, noble y elástica de la compañera del corazón. Esos rasgos sensibles de lo que consideramos el trayecto normal de la existencia, han dado paso a una situación de pesar que se troca en sentimiento cotidiano, en miradas sin norte y sin destino, en caras de ansiedad y desesperación.

Personas conocidas y amigas han sido víctimas de esta hecatombe, y a la soledad y el silencio del paisaje que dejó su bullicio y su energía, se añade ahora una agudizada soledad del alma. Miro el horizonte de mi ciudad, y el color de su diaria acuarela, esplendorosa y brillante, ha cedido ante el gris borroso de una incertidumbre que, pese al sol, se presenta como tenue y neblinosa premonición.

Una señal de esperanza sin embargo empieza a asomar. Los portadores de ella desafían el peligro, pierden pero se vuelven a poner de pie, ven que el compañero que marchaba a su lado cayó, pero en lugar de ceder respiran decisión y redoblan su energía. Con sus mandiles desechos, y escaso instrumental no se desaniman, recogen el arma, la cargan de optimismo y siguen. El amor que sienten por la colectividad de los suyos, que son todos, solo es comparable a la inminencia del peligro, pero a diferencia de este, que no tiene alma, levantan la suya en una comunión de entrega sin precedentes. Médicos y enfermeros, asistentes y personal en general, se han puesto la camiseta de la patria y están convencidos de que su concurso no tiene límites ni hora de conclusión.